Hubiera querido añadir a este blog un bonito gadchet en el lateral para que leyerais este relato en pdf con su color y letra original pero como soy un fiasco no he podido lograrlo así que con un poco de trabajo lo he pasado por word y con un corta y pega de siempre allá va espero que lo disfrutéis.
Su historia es muy sencilla, por cosas del ciberspacio me tope con la pagina: vagamundos
lo lleva un hombre simpático y muy aventurero que me cayo en gracia y que desde su pagina invitaba a concursar a quien quisiera hablar de un bonito viaje. Como yo no he viajado mucho (no por falta de ganas) se me ocurrió hacerlo al interior de una individua. Pero me temo que para los jueces no fue suficiente y por eso no llegó a nada, de esto hace ya algunos años (2008) pero como me siento orgullosa de él no paro de compartirlo siempre que tengo ocasión.
Sssss... silencio y a leer:
A QUIENES ME PREGUNTAN LA RAZON DE MIS VIAJES
LES CONTESTO
QUE SE BIEN DE QUE HUYO PERO IGNORO LO QUE
BUSCO.
MICHEL DE MONTAIGNE
E L V I A J E D E L A U R A
POR VERONICA HERNANDEZ DOMENECH
Camino descalza...
Mi piso es pequeño, pero tiene mucha luz.
Veo mi reflejo en el parqué, mi sombra lánguida se pierde en
una esquina de la habitación y la rodea. En la calle hay mucho ruido pero no
oigo nada... Una bruma comienza a inundar la habitación, es el polvo de la
ciudad que entra por una ventana, de súbito me despierto de ese estado de coma
en el que me sumerjo a menudo.
Se me hace tarde una vez más. Corro a cerrar la ventana y me
visto. Comienzo por las medias, de esas que se rompen con nada, y una vez más
se rompen, pero no importa. La primera falda que agarro y un poco de carmín. Me
gusta ir sencilla.
Bajo volando por las escaleras, tropiezo con la gente que
entra, no pido disculpas y sigo mi camino. Llego a en punto a la parada pero ya
se ha ido. Esta vez el autobús se ha adelantado pero el no espera a nadie...
-¡¡¡¡ JODER!!!! Llegaré tarde otra vez.- Este pensamiento me
persigue pero no me rindo. Corro a la parada del metro, la linea verde esta
allí. Cruzo por el paso sin pagar. Oigo como alguien grita: - ¡Eh!, ¡Alto!,
¡Eh!, ¡Usted, señorita!- Pero yo sigo mi camino. Consigo entrar. Justo cuando
estoy dentro se cierran las puertas. Me giro, jadeando, casi sin respiración
veo como otros se quedan atrás, maldiciendo, tal vez, el momento en el que
entré y ellos no lograron alcanzarme. El metro está a rebosar de gente, no hay
sitio para sentarse pero no lo necesito, dos paradas y me bajo. Miro a la gente
que me rodea, sus caras son largas, oscuras, tristes, como corderos que van al
matadero. Bajo la mirada, el suelo es mejor. Llego a mi parada, me bajo y vuelvo
a correr, aun me quedan 15 minutos para llegar. Entro en la oficina, ya pasan 18
minutos de la hora.
Fichar es como pasar la tarjeta de crédito en unos grandes
almacenes. Todo el mundo te
mira, sospechan que no tienes dinero, que algo va a pasar;
igual que cuando fichas, todos esperan que pase algo... Sale Paco (mi jefe de
personal), su despacho esta al final del pasillo, justo en frente de la máquina.
Nos miramos. Me llama y me pide por favor que lo acompañe hasta su oficina.
Dentro me siento en la silla roja de siempre, me mira como quien mira a una hija. - Ya sabes que
no me gustaría despedirte... Sé lo buena que eres... Que sólo es una mala
racha... Lo hago por tu padre que fue un hermano para mí... Debes esforzarte
más...-
En fin, el mismo discurso de siempre. Yo, ni me molesto en
contestar. Ya van demasiadas veces, lo sé, pero no puedo hacer nada. Salgo de
la habitación y me dirijo a mi mesa. Todos siguen mirando, siguen esperando que
ocurra algo. Me siento en mi silla. Veo entonces la carrera en mis medias, es
como la autopista que me dirige a mi propio infierno. Busco en el segundo cajón
de la mesa unas que no estén rotas y allí mismo me las cambio. Juan, que está
detrás, no deja de mirarme: - Te he visto tantas veces hacer eso que me
recuerdas a mi madre. ¡Ja,ja,ja,ja,ja!; ¿Como te ha ido? ¿Te a despedido ya?-
-No, no he tenido el gusto.- Contesté cabizbaja y con
desgana. El silencio se adueñó de nosotros, invadió la oficina. Otra vez caí en
ese estado de coma en el que pasaron horas interminables de teléfonos sonando,
de ir y venir de gente, de informes... 8 Horas más tarde salí de aquel lugar
sin rumbo como perdida. Casi sin darme cuenta llegué a “Café París”, un bar en
el que quedamos todas las noches después del trabajo para tomar una copa.
Mientras agarraba la puerta, casi sin fuerzas, un escalofrío recorrió mi
cuerpo. Solté el pomo, di un paso atrás y miré hacia arriba: un haz de luz
artificial me cegó. Al cerrar los ojos miles de colores: lilas, azules, rojos,
dorados se mezclaban como si de una galaxia se tratara.
Sonreí. Me acordé de cuando niña jugaba dando vueltas hasta
caer al suelo y de cuando apretaba los ojos fuertemente para ver estrellas. Me
sentí feliz y sonreí. Alguien gritó:
- ¿Entras o
que? ¡¡Que es para hoy!!- Entonces solté la puerta, giré 90º y comencé a
caminar. No me dirigía a ningún lugar, solo caminaba. Después de varias horas
mire el reloj. Faltaba poco para que saliera de nuevo el sol, no estaba
cansada, no tenia sueño, no sabia donde me encontraba, solo tenia hambre.
Le pregunté a alguien que pasaba por allí, donde podía comer
algo y me recomendaron un lugar algo tétrico pero en el que el café y los
bollos estaban muy buenos. Parecía un lugar sacado de una película americana de
los cincuenta. Un tipo gordo y feo, lleno de grasa por todas partes era el
cocinero. Cuando terminé de desayunar cogí una revista manchada y medio rota
que se encontraba encima de la barra. La abrí por una página cualquiera y
comencé a leer. Una frase llamó mi atención:
- REGRESA SOBRE TUS PASOS. VUELVE A TU HOGAR.
Era el título de un reportaje en el que se recomendaba
volver a las raíces para poder encontrar las metas perdidas, el camino, ese que
pasado un tiempo ya no se ve.
Entonces volví a cerrar los ojos y me vi sobre mi vieja
bicicleta roja, cuesta abajo, con unas zapatillas rotas y un peto azul. De
repente volví a sentirme feliz... Abrí los ojos, ya sabía lo que debía hacer.
Dejé un billete encima de la barra y salí de allí velozmente. Al salir tropecé
con un par de mujeres que me indicaron el lugar donde poder coger un autobús.
Ya de camino hacia mi casa, dejé volar mi imaginación... A que lugar podría dirigirme...
Kilómetros y kilómetros de playas llenas de fina arena, agua translúcida y
azulada; oasis llenos de palmeras y exóticos animales; ciudades inmensas llenas
de edificios afilados que llegan hasta el cielo y lo atraviesan, bosques tan
verdes y
brillantes como los ojos de los gatos, palacios, joyas... El
mundo a un paso.
Busqué una agencia de viajes. Me detuve frente a la puerta
de la primera que vi. Dude un segundo antes entrar, pero me lancé. Graciela,
que así se llamaba la dependienta me preguntó sobre mis gustos, mis
inquietudes, mis intenciones. No pude responderle. En realidad no sabia lo que
quería, solo que necesitaba salir de la monotonía.
Así que dejé que ella hablara y mientras dejé que una parte
de mi volara. Voló a un lugar que ya conocía. Un lugar tan alejado de allí y a
la vez tan cerca... Me acorde entonces del ultimo día, aquel que cogiendo mis
maletas y con los ojos llenos de lágrimas prometí volver. Graciela insistía en
que le contestase algunas de sus preguntas. Así que comencé a hablar: - Nací en
un pequeño pueblo, al sur del país, un ambiente seco y árido, lleno de polvo y
un raro paisaje lunar. Todos los habitantes se dedicaban a la ganadería y al
cultivo de olivos. A mi me encantaba correr por aquellas cuestas tan
pronunciadas, incluso, mira aun tengo esta cicatriz que me
hice con la bici de mi hermana, no tenía frenos.- Graciela por un momento calló
y escuchó atenta. - Si yo también me acuerdo bien de mi niñez. El año pasado
cuando regrese a mi
país, le hice una visita a mi antigua casa, estaba
destrozada pero conservaba todo su encanto, incluso los colores azulados de su
fachada.- Un minuto de silencio nos envolvió en recuerdos. El aire se
enrareció. Bajé la mirada y con los ojos
llenos de agua miré a Graciela. - Laura cariño, pero ¿cuanto
tiempo llevas sin ir a tu casa?-
La verdad ya ni me acordaba.
Salí de allí tan joven y tan cargada de ilusiones, pensaba
comerme el mundo y no volver hasta haberlo conseguido. En realidad había pasado
tanto tiempo, que había perdido hasta las razones por las que me fui. Pero no
pude contestar, le deje mis señas y prometí volver otro día con las ideas mas
claras. Regresé a casa y en el camino no podía dejar de pensar en aquellos
momentos. En los felices y en los mas tristes. Mi vida había sido como una
montaña rusa, había viajado mucho, conocido a mucha gente, demasiada
inestabilidad. Cuando por fin me instale en mi piso no tenía ni fuerzas para
explicar lo que había pasado así que me tome un tiempo para
descansar. Cuando el tiempo paso me di cuenta que no estaba descansando sino
que me había enterrado en vida. Desdichada de mi, abandone mi vida, de tal
manera que ni siquiera recordaba lo que sentía. Al llegar al piso abrí las
ventanas en busca de oxigeno. Al recuperar el aliento me hice una promesa: no
parar de buscar hasta volverme a encontrar.
Rebusque por los cajones, entre los libros. Lo desordené
todo. El resumen de mi vida estaba encima de la mesa. Un viejo diario, un lazo
rosa raído por el tiempo y
unas cuantas fotos viejas de gente que ya casi no conocía.
Ese era el legado de una mujer que lo había querido todo, que lo había dejado
todo por la conquista de un nuevo mundo. El diario estaba lleno de buenas
voluntades, de direcciones ya tachadas, de consejos para una vida mejor. La
cinta rosa era recuerdo de mi hermana, de la infancia que se fue y no volverá.
Ella recogía mi pelo el día que marché. Al ver las fotos afloraron nuevos
sentimientos. Decidí que debía de volver a verlas comprobar que aquellas caras
seguían siendo las mismas. Agarre un bolígrafo y una libreta, comencé a
escribir un pasaje de mi vida, dando explicaciones por todas aquellas veces que
no llamé, por las que no pregunte, y pidiendo perdón por mi desconsiderado
comportamiento. Sabía que tal vez la carta llegase después que yo, pero no
importaba. Una vez hube acabado me
di una ducha bien caliente. Por el desagüe no solo se fue la suciedad, también
se fue la miseria, la apatía, la oscuridad. Mas tarde recibí una llamada de
Juan, estaba preocupado nadie sabía nada de mi desde el día anterior. Le conté
lo ocurrido, me desahogue como llevaba tiempo sin hacerlo y me despedí. El lo
comprendió todo. Me vestí cómoda, para el largo viaje que me esperaba. Podría
haber sacado un billete de avión, pero me apetecía disfrutar del viaje y
hacerlo de la misma manera que antaño. Esta vez la maleta que me acompañaba iba
mas ligera, sabía que iba a regresar a casa, que solo eran unas vacaciones. Un
tiempo para respirar. Pasé por la agencia de Graciela, me parecía de mal gusto
no comprarle a ella el billete después de todas las molestias y así
aprovecharía para despedirme. Ella se mostró tan
encantadora como antes y me regaló un bonito amuleto que
dijo me traería suerte. A mitad de tarde llegué a la estación. Solo un ultimo
detalle. Desde una cabina ruinosa, llamé a Paco, no pensaba hacerlo, pero no
quería que todo el marrón se lo llevara Juan. Sorprendentemente ya lo sabía
todo y no se enfadó. Me dio todo el tiempo que fuese necesario para aclarar mis
ideas y volver al 100%. Ya solo faltaba que el tren llegase para coger mi
asiento y disfrutar. Llegue de madrugada y cansada.
Decidí alojarme en algún hostal cercano hasta que el sol
alumbrase las calles. A la mañana siguiente y no muy temprano seguí con mi
camino: estomago lleno y una maleta como única compañía. Por las mismas calles
que algunos años antes
había dejado todo atrás, regresaron mis pasos. Nada había
cambiado. Aquellas viejas calles seguían siendo viejas, y aunque todo tenía un
aire mejorado el encanto de antaño seguía intacto. Por algún patio se oían
palmadas y el cantar de una
voz ronca y gruesa. Mis sentidos se inundaron de todo lo
bueno que allí acontecía. Olores, colores, sonidos, todo. Conozco muchos
lugares pero como esa ciudad no existe ninguna, lo sé.
Un largo y placentero paseo me llevó hasta la estación de
autobuses. Aún me quedaba un tramo del camino. Compré el billete y me senté en
un banco. Miré a mi alrededor, miles de recuerdos que habían permanecido
dormidos dentro de mí comenzaron a despertar. El tiempo pasó y llegó el momento
de subir al autobús que me conduciría a casa. Ya no podía echarme atrás y los
nervios comenzaron a subir por mis piernas. Pero pisé fuerte y subí hasta mi
asiento. Estaba al lado de la ventanilla, para no perderme ni un solo detalle.
Llegué a media tarde. Nadie más bajó allí. Me había criado
en un pequeño pueblo en el que la vida pasaba tranquila, apartado de toda
tecnología, de los ruidos y el ajetreo de la ciudad. El tiempo allí cambiaba de
medida. El sol caía como un pesado yunque sobre mi espalda. Decidí llegar
cuanto antes. Mi cuerpo ya se había acostumbrado a la fresca temperatura del
norte a su humedad, tantos años en la ciudad lo cambiaba todo. Agarré la maleta
y comencé el camino unos veinte minutos me separaban de mi hogar.
De frente en el portal observé con cuidado cada detalle.
Todo seguía igual. Las rejas azules, las persianas blancas,
el viejo portón rojo inglés, el suelo del patio: cemento pintado en grisáceo.
Un gato negro dormía la siesta encima de una silla. La pila de lavar con su
viejo grifo goteando encima de un cubo lleno de agua y un extenso jardín lleno
de flores de miles de colores, y de mil fragancias embriagadoras, era una foto
preciosa. No me atrevía a entrar. Pensé que entrar en aquel paraíso, seria como
romper la paz que lo rodeaba. Una excusa más que el miedo interponía para que no
llegara a mi meta. Respiré hondo y abrí lentamente la verja sin hacer
ruido, la cerré de igual modo. Seguí hasta el portón
conteniendo la respiración. Llamé al timbre una sola vez. Ese momento fue
interminable. Al fin la puerta se abrió. Unos chiquillos con ingenua sonrisa
fueron los intermediarios de un largo viaje. Fue todo un alivio. Les pregunté
por los que allí vivían y me contestaron en voz baja que dormían la siesta que
no hiciera ruido, que les preparara la merienda. Entré y apoyando la maleta en una
silla me dirigí a la cocina donde comencé una laboriosa merienda. Los niños muy
inquietos no pararon de amenizarme el tiempo con sus historias mientras yo
recorría cada milímetro de aquella casa que no había cambiado nada. Cuando la
merendola terminó nos conocíamos tan bien que no hubo duda alguna de que ellos
eran mis sobrinos. Al girar la cabeza vi la silueta de una mujer. Mi hermana
llevaba ya un rato observándome y era tan feliz de verme que no quiso
interrumpir. Me levanté y sin palabras nos sumimos en un profundo abrazo.
En momentos así sobran las palabras. Lo que sigue ya se lo
pueden imaginar. Lágrimas, risas, nuevas historias que se cuentan una y otra
vez, en fin: un viaje de vuelta.
Al regresar a la ciudad meses después ...
Mi vida seguía donde la dejé. Mi trabajo, mi casa y mis
amigos no habían cambiado, seguían siendo los mismos. Pero yo no era ya una
mujer vacía. Sabía lo que quería y lo que debía hacer para conseguirlo.
Estaba
dispuesta para dar el segundo paso ...
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