domingo, 25 de agosto de 2013

HISTORIA DE UN CONCURSO



Hubiera querido añadir a este blog un bonito gadchet en el lateral para que leyerais este relato en pdf con su color y letra original pero como soy un fiasco no he podido lograrlo así que con un poco de trabajo lo he pasado por word y con un corta y pega de siempre allá va espero que lo disfrutéis.
Su historia es muy sencilla, por cosas del ciberspacio me tope con la pagina: vagamundos
lo lleva un hombre simpático y muy aventurero que me cayo en gracia y que desde su pagina invitaba a concursar a quien quisiera hablar de un bonito viaje. Como yo no he viajado mucho (no por falta de ganas) se me ocurrió hacerlo al interior de una individua. Pero me temo que para los jueces no fue suficiente y por eso no llegó a nada, de esto hace ya algunos años (2008) pero como me siento orgullosa de él no paro de compartirlo siempre que tengo ocasión. 
Sssss... silencio y a leer:



A QUIENES ME PREGUNTAN LA RAZON DE MIS VIAJES LES CONTESTO
QUE SE BIEN DE QUE HUYO PERO IGNORO LO QUE BUSCO.
MICHEL DE MONTAIGNE

E L  V I A J E  D E  L A U R A

POR VERONICA HERNANDEZ DOMENECH


Camino descalza...
Mi piso es pequeño, pero tiene mucha luz.
Veo mi reflejo en el parqué, mi sombra lánguida se pierde en una esquina de la habitación y la rodea. En la calle hay mucho ruido pero no oigo nada... Una bruma comienza a inundar la habitación, es el polvo de la ciudad que entra por una ventana, de súbito me despierto de ese estado de coma en el que me sumerjo a menudo.
Se me hace tarde una vez más. Corro a cerrar la ventana y me visto. Comienzo por las medias, de esas que se rompen con nada, y una vez más se rompen, pero no importa. La primera falda que agarro y un poco de carmín. Me gusta ir sencilla.
Bajo volando por las escaleras, tropiezo con la gente que entra, no pido disculpas y sigo mi camino. Llego a en punto a la parada pero ya se ha ido. Esta vez el autobús se ha adelantado pero el no espera a nadie...
-¡¡¡¡ JODER!!!! Llegaré tarde otra vez.- Este pensamiento me persigue pero no me rindo. Corro a la parada del metro, la linea verde esta allí. Cruzo por el paso sin pagar. Oigo como alguien grita: - ¡Eh!, ¡Alto!, ¡Eh!, ¡Usted, señorita!- Pero yo sigo mi camino. Consigo entrar. Justo cuando estoy dentro se cierran las puertas. Me giro, jadeando, casi sin respiración veo como otros se quedan atrás, maldiciendo, tal vez, el momento en el que entré y ellos no lograron alcanzarme. El metro está a rebosar de gente, no hay sitio para sentarse pero no lo necesito, dos paradas y me bajo. Miro a la gente que me rodea, sus caras son largas, oscuras, tristes, como corderos que van al matadero. Bajo la mirada, el suelo es mejor. Llego a mi parada, me bajo y vuelvo a correr, aun me quedan 15 minutos para llegar. Entro en la oficina, ya pasan 18 minutos de la hora.
Fichar es como pasar la tarjeta de crédito en unos grandes almacenes. Todo el mundo te
mira, sospechan que no tienes dinero, que algo va a pasar; igual que cuando fichas, todos esperan que pase algo... Sale Paco (mi jefe de personal), su despacho esta al final del pasillo, justo en frente de la máquina. Nos miramos. Me llama y me pide por favor que lo acompañe hasta su oficina. Dentro me siento en la silla roja de siempre, me mira como  quien mira a una hija. - Ya sabes que no me gustaría despedirte... Sé lo buena que eres... Que sólo es una mala racha... Lo hago por tu padre que fue un hermano para mí... Debes esforzarte más...-
En fin, el mismo discurso de siempre. Yo, ni me molesto en contestar. Ya van demasiadas veces, lo sé, pero no puedo hacer nada. Salgo de la habitación y me dirijo a mi mesa. Todos siguen mirando, siguen esperando que ocurra algo. Me siento en mi silla. Veo entonces la carrera en mis medias, es como la autopista que me dirige a mi propio infierno. Busco en el segundo cajón de la mesa unas que no estén rotas y allí mismo me las cambio. Juan, que está detrás, no deja de mirarme: - Te he visto tantas veces hacer eso que me recuerdas a mi madre. ¡Ja,ja,ja,ja,ja!; ¿Como te ha ido? ¿Te a despedido ya?-
-No, no he tenido el gusto.- Contesté cabizbaja y con desgana. El silencio se adueñó de nosotros, invadió la oficina. Otra vez caí en ese estado de coma en el que pasaron horas interminables de teléfonos sonando, de ir y venir de gente, de informes... 8 Horas más tarde salí de aquel lugar sin rumbo como perdida. Casi sin darme cuenta llegué a “Café París”, un bar en el que quedamos todas las noches después del trabajo para tomar una copa. Mientras agarraba la puerta, casi sin fuerzas, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Solté el pomo, di un paso atrás y miré hacia arriba: un haz de luz artificial me cegó. Al cerrar los ojos miles de colores: lilas, azules, rojos, dorados se mezclaban como si de una galaxia se tratara.
Sonreí. Me acordé de cuando niña jugaba dando vueltas hasta caer al suelo y de cuando apretaba los ojos fuertemente para ver estrellas. Me sentí feliz y sonreí. Alguien gritó:
 - ¿Entras o que? ¡¡Que es para hoy!!- Entonces solté la puerta, giré 90º y comencé a caminar. No me dirigía a ningún lugar, solo caminaba. Después de varias horas mire el reloj. Faltaba poco para que saliera de nuevo el sol, no estaba cansada, no tenia sueño, no sabia donde me encontraba, solo tenia hambre.
Le pregunté a alguien que pasaba por allí, donde podía comer algo y me recomendaron un lugar algo tétrico pero en el que el café y los bollos estaban muy buenos. Parecía un lugar sacado de una película americana de los cincuenta. Un tipo gordo y feo, lleno de grasa por todas partes era el cocinero. Cuando terminé de desayunar cogí una revista manchada y medio rota que se encontraba encima de la barra. La abrí por una página cualquiera y comencé a leer. Una frase llamó mi atención:
- REGRESA SOBRE TUS PASOS. VUELVE A TU HOGAR.  
Era el título de un reportaje en el que se recomendaba volver a las raíces para poder encontrar las metas perdidas, el camino, ese que pasado un tiempo ya no se ve.
Entonces volví a cerrar los ojos y me vi sobre mi vieja bicicleta roja, cuesta abajo, con unas zapatillas rotas y un peto azul. De repente volví a sentirme feliz... Abrí los ojos, ya sabía lo que debía hacer. Dejé un billete encima de la barra y salí de allí velozmente. Al salir tropecé con un par de mujeres que me indicaron el lugar donde poder coger un autobús. Ya de camino hacia mi casa, dejé volar mi imaginación... A que lugar podría dirigirme... Kilómetros y kilómetros de playas llenas de fina arena, agua translúcida y azulada; oasis llenos de palmeras y exóticos animales; ciudades inmensas llenas de edificios afilados que llegan hasta el cielo y lo atraviesan, bosques tan verdes y
brillantes como los ojos de los gatos, palacios, joyas... El mundo a un paso.
Busqué una agencia de viajes. Me detuve frente a la puerta de la primera que vi. Dude un segundo antes entrar, pero me lancé. Graciela, que así se llamaba la dependienta me preguntó sobre mis gustos, mis inquietudes, mis intenciones. No pude responderle. En realidad no sabia lo que quería, solo que necesitaba salir de la monotonía. 
Así que dejé que ella hablara y mientras dejé que una parte de mi volara. Voló a un lugar que ya conocía. Un lugar tan alejado de allí y a la vez tan cerca... Me acorde entonces del ultimo día, aquel que cogiendo mis maletas y con los ojos llenos de lágrimas prometí volver. Graciela insistía en que le contestase algunas de sus preguntas. Así que comencé a hablar: - Nací en un pequeño pueblo, al sur del país, un ambiente seco y árido, lleno de polvo y un raro paisaje lunar. Todos los habitantes se dedicaban a la ganadería y al cultivo de olivos. A mi me encantaba correr por aquellas cuestas tan 
pronunciadas, incluso, mira aun tengo esta cicatriz que me hice con la bici de mi hermana, no tenía frenos.- Graciela por un momento calló y escuchó atenta. - Si yo también me acuerdo bien de mi niñez. El año pasado cuando regrese a mi
país, le hice una visita a mi antigua casa, estaba destrozada pero conservaba todo su encanto, incluso los colores azulados de su fachada.- Un minuto de silencio nos envolvió en recuerdos. El aire se enrareció. Bajé la mirada y con los ojos
llenos de agua miré a Graciela. - Laura cariño, pero ¿cuanto tiempo llevas sin ir a tu casa?-  La verdad ya ni me acordaba.
Salí de allí tan joven y tan cargada de ilusiones, pensaba comerme el mundo y no volver hasta haberlo conseguido. En realidad había pasado tanto tiempo, que había perdido hasta las razones por las que me fui. Pero no pude contestar, le deje mis señas y prometí volver otro día con las ideas mas claras. Regresé a casa y en el camino no podía dejar de pensar en aquellos momentos. En los felices y en los mas tristes. Mi vida había sido como una montaña rusa, había viajado mucho, conocido a mucha gente, demasiada inestabilidad. Cuando por fin me instale en mi piso no tenía ni fuerzas para
explicar lo que había pasado así que me tome un tiempo para descansar. Cuando el tiempo paso me di cuenta que no estaba descansando sino que me había enterrado en vida. Desdichada de mi, abandone mi vida, de tal manera que ni siquiera recordaba lo que sentía. Al llegar al piso abrí las ventanas en busca de oxigeno. Al recuperar el aliento me hice una promesa: no parar de buscar hasta volverme a encontrar.
Rebusque por los cajones, entre los libros. Lo desordené todo. El resumen de mi vida estaba encima de la mesa. Un viejo diario, un lazo rosa raído por el tiempo y
unas cuantas fotos viejas de gente que ya casi no conocía. Ese era el legado de una mujer que lo había querido todo, que lo había dejado todo por la conquista de un nuevo mundo. El diario estaba lleno de buenas voluntades, de direcciones ya tachadas, de consejos para una vida mejor. La cinta rosa era recuerdo de mi hermana, de la infancia que se fue y no volverá. Ella recogía mi pelo el día que marché. Al ver las fotos afloraron nuevos sentimientos. Decidí que debía de volver a verlas comprobar que aquellas caras seguían siendo las mismas. Agarre un bolígrafo y una libreta, comencé a escribir un pasaje de mi vida, dando explicaciones por todas aquellas veces que no llamé, por las que no pregunte, y pidiendo perdón por mi desconsiderado comportamiento. Sabía que tal vez la carta llegase después que yo, pero no importaba.  Una vez hube acabado me di una ducha bien caliente. Por el desagüe no solo se fue la suciedad, también se fue la miseria, la apatía, la oscuridad. Mas tarde recibí una llamada de Juan, estaba preocupado nadie sabía nada de mi desde el día anterior. Le conté lo ocurrido, me desahogue como llevaba tiempo sin hacerlo y me despedí. El lo comprendió todo. Me vestí cómoda, para el largo viaje que me esperaba. Podría haber sacado un billete de avión, pero me apetecía disfrutar del viaje y hacerlo de la misma manera que antaño. Esta vez la maleta que me acompañaba iba mas ligera, sabía que iba a regresar a casa, que solo eran unas vacaciones. Un tiempo para respirar. Pasé por la agencia de Graciela, me parecía de mal gusto no comprarle a ella el billete después de todas las molestias y así aprovecharía para despedirme. Ella se mostró tan
encantadora como antes y me regaló un bonito amuleto que dijo me traería suerte. A mitad de tarde llegué a la estación. Solo un ultimo detalle. Desde una cabina ruinosa, llamé a Paco, no pensaba hacerlo, pero no quería que todo el marrón se lo llevara Juan. Sorprendentemente ya lo sabía todo y no se enfadó. Me dio todo el tiempo que fuese necesario para aclarar mis ideas y volver al 100%. Ya solo faltaba que el tren llegase para coger mi asiento y disfrutar. Llegue de madrugada y cansada.
Decidí alojarme en algún hostal cercano hasta que el sol alumbrase las calles. A la mañana siguiente y no muy temprano seguí con mi camino: estomago lleno y una maleta como única compañía. Por las mismas calles que algunos años antes
había dejado todo atrás, regresaron mis pasos. Nada había cambiado. Aquellas viejas calles seguían siendo viejas, y aunque todo tenía un aire mejorado el encanto de antaño seguía intacto. Por algún patio se oían palmadas y el cantar de una
voz ronca y gruesa. Mis sentidos se inundaron de todo lo bueno que allí acontecía. Olores, colores, sonidos, todo. Conozco muchos lugares pero como esa ciudad no existe ninguna, lo sé.
Un largo y placentero paseo me llevó hasta la estación de autobuses. Aún me quedaba un tramo del camino. Compré el billete y me senté en un banco. Miré a mi alrededor, miles de recuerdos que habían permanecido dormidos dentro de mí comenzaron a despertar. El tiempo pasó y llegó el momento de subir al autobús que me conduciría a casa. Ya no podía echarme atrás y los nervios comenzaron a subir por mis piernas. Pero pisé fuerte y subí hasta mi asiento. Estaba al lado de la ventanilla, para no perderme ni un solo detalle.
Llegué a media tarde. Nadie más bajó allí. Me había criado en un pequeño pueblo en el que la vida pasaba tranquila, apartado de toda tecnología, de los ruidos y el ajetreo de la ciudad. El tiempo allí cambiaba de medida. El sol caía como un pesado yunque sobre mi espalda. Decidí llegar cuanto antes. Mi cuerpo ya se había acostumbrado a la fresca temperatura del norte a su humedad, tantos años en la ciudad lo cambiaba todo. Agarré la maleta y comencé el camino unos veinte minutos me separaban de mi hogar.
De frente en el portal observé con cuidado cada detalle.
Todo seguía igual. Las rejas azules, las persianas blancas, el viejo portón rojo inglés, el suelo del patio: cemento pintado en grisáceo. Un gato negro dormía la siesta encima de una silla. La pila de lavar con su viejo grifo goteando encima de un cubo lleno de agua y un extenso jardín lleno de flores de miles de colores, y de mil fragancias embriagadoras, era una foto preciosa. No me atrevía a entrar. Pensé que entrar en aquel paraíso, seria como romper la paz que lo rodeaba. Una excusa más que el miedo interponía para que no llegara a mi meta. Respiré hondo y abrí lentamente la verja sin hacer
ruido, la cerré de igual modo. Seguí hasta el portón conteniendo la respiración. Llamé al timbre una sola vez. Ese momento fue interminable. Al fin la puerta se abrió. Unos chiquillos con ingenua sonrisa fueron los intermediarios de un largo viaje. Fue todo un alivio. Les pregunté por los que allí vivían y me contestaron en voz baja que dormían la siesta que no hiciera ruido, que les preparara la merienda. Entré y apoyando la maleta en una silla me dirigí a la cocina donde comencé una laboriosa merienda. Los niños muy inquietos no pararon de amenizarme el tiempo con sus historias mientras yo recorría cada milímetro de aquella casa que no había cambiado nada. Cuando la merendola terminó nos conocíamos tan bien que no hubo duda alguna de que ellos eran mis sobrinos. Al girar la cabeza vi la silueta de una mujer. Mi hermana llevaba ya un rato observándome y era tan feliz de verme que no quiso interrumpir. Me levanté y sin palabras nos sumimos en un profundo abrazo.
En momentos así sobran las palabras. Lo que sigue ya se lo pueden imaginar. Lágrimas, risas, nuevas historias que se cuentan una y otra vez, en fin: un viaje de vuelta.
Al regresar a la ciudad meses después ...
Mi vida seguía donde la dejé. Mi trabajo, mi casa y mis amigos no habían cambiado, seguían siendo los mismos. Pero yo no era ya una mujer vacía. Sabía lo que quería y lo que debía hacer para conseguirlo.
Estaba dispuesta para dar el segundo paso ...  

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