Degustarlo palabra por palabra.
EL
PERRO MÁS FEO DEL MUNDO......
Estimado
caballero guardiamarina Ari;
Por
medio del práctico del puerto, en la ultima recalada de este marino, para
aprovisionar la nave, me llegó su carta, en medio de un grueso fajo de mayor o
menor correspondencia. La suya, por eso, era inconfundible. Tipografía Monotype
Cursiva, de impecable factura y largo vuelo en el trazo, y un papel de carta,
con olor a romero y lavanda y a terrones de seca arcilla. Es bueno recibir
letras de los amigos. Más aún si estos han estado ausentes tantas jornadas.
Pero lo mejor es como estos amigos se acuerdan de uno y de los pasos que uno da
en este mundo. La dicha de estas cosas alegra el corazón de este viejo lobo, y
pinta una dulce sonrisa en los labios que perdura durante jornadas.
Es
una hermosa carta, que comienza con un afán desmedido de apetito, por los
palabros, que uno, en modestia, no deja de considerar tiznajos. Letras más
grandes oscurecen el brillo de las mías. Pero es justo reconocer, que también
ellas aligeran la carga de mis días y llenan mis horas de soledad en este
viaje, emprendido hace unos años,
que sólo los vientos saben donde me llevará.
He
de contaros que leí el poema del perro. Hermosamente triste. Y he leído, con
placer, ese breve y hermoso cuento del perro Thantalas. Lo veis, esa es
una muestra de mejores palabros
que los de servidor. Los leí mientras guiaba la caña de este nuevo navío, con
que surco las aguas. Es un falúa con dos velas latinas gemelas por arboladura,
inapropiada para travesías de gran cabotaje, pero de gran utilidad para bordear
las costas a una prudente distancia. Es robusta, sencilla y me permite
manejarla en soledad, sin la concurrencia de manos añadidas que estorbaran, si
acaso, la placidez de mis días. Lejos quedan los días de comandancia en el
puente, de aquella hermosa fragata de tres puentes, donde este marino
encalleció su espíritu y cuerpo. Lejos quedan los días de batallas sin cuento.
De armar las carronadas contra el enemigo y buscar su arboladura por el ancho
mar de este mundo. Lejos, por fortuna. No cambio mi lento navegar sin rumbo de
estos días, por aquel incesante desgaste de batallas cuerpo a cuerpo . Ya tuve
bastante olor a pólvora y sabor de ron en el gaznate para mucho tiempo. Creedme
que no lo hecho de menos.
El
caso es que, esta noche, tras la cena, he vuelo a leerlos ambos. Esta vez, no
para mi, si no para los oídos de este peludo cuatro patas, que de improviso, se
unió, como avezado grumete, al errabundo navegar de este marino. No busque yo
su compañía, pero la vida lo subió a bordo, y no es menos cierto, que tras tantas jornadas ya juntos, pese
a no haberla buscado, de faltarme, creedme que extrañaría esa compañía suya.
Los sabuesos se hacen de querer. Son listos para eso.
He
leído esas palabras para él, mientras, tumbado a mi lado, con la cabeza sobre
mis piernas, me miraba, como si en verdad entendiera de historias contadas por
pluma de humanos. Al acabar, primeramente ha soltado un sonoro bostezo y luego
un corto y seco ¡guau!, para seguir dormitando cuan largo es. Quien sabe.
Quizás le halla gustado. Luego me he levantado para coger papel y pluma y
contestaros a vuestra amable misiva.
Esa historia del perro Thantalas, me ha recordado otra vieja historia de
los días de mi vida, también ligada a la vida de un perro, y, como buen
verborreico, no desisto de contárosla, si acaso, por corresponder a la vuestra.
Esta es la historia:
“Hace
muchos años, un día de verano, mi padre trajo a casa, un regalo inesperado. Una
bola de piel, pelo, uñitas, hocico y ojos, que, en seguida, nos llegó al
corazón. “Crecerá y dará problemas”, murmuro mi madre por lo bajo. Pero no le
hicimos caso, por que los ojos con que miraba a aquella bolita de vida,
desmentían cualquier enojo.
Y
la bolita se hizo mayor. Bien es cierto que no mucho. Apenas levantaba palmo y
medio su cruz del suelo. Dos escasos, si contábamos su cabeza erguida. Era
paticorto hasta lo risible. Panzudo, de largo rabo, cabeza pequeña y largas
orejas. Un cruce de mil leches, de entre las cuales, el veterinario, para
rellenar la casilla de su cartilla medica, dictaminó que era “cruce de
pequines”. Y nosotros nos reíamos, porque de pequinés tenia aquel perro, si
acaso, su minúscula hechura. Pero en eso quedó la cosa.
Adornaban
al chucho, por lo demás, el que padecía de un apetito insaciable, una querencia
a morder a todo y a todos, incluidos su familia adoptiva, un carácter de mil
rayos de demonios, una soberbia sin limite y un amor a dormir bajo las ruedas
de cualquier coche, que le mantenían en permanente estado de deslucimiento,
siempre cubierto de barro y grasa, como la que tiñe los bajos de los vehículos.
¡Que de baños le dimos a aquel perro, amigo!. Merecida fama se gano el animal
entre el vecindario: “Que feo y que mala leche, tiene el jodio!”, era el común
opinar de todos. Nosotros no decíamos nada, porque le queríamos, pero, en
nuestro fuero interno, no teníamos más remedio que reconocer que si, que feo y
mala leche, lo era, y un rato largo.
Y
así transcurrieron los años.
Quiso
la vida, un otoño, regalarnos con la presencia de otra vida en casa. Mi hermana
pequeña. Nació y trajo el contento a casa. Todo era estar por ella. Incluido,
increíblemente, aquel perro feo y malcarado.
El
primer día que llegó a casa, el chucho se la quedó mirando como no sabiendo
bien bien como tomar aquello. Mi madre se sentó en el sofá, con la niña entre
los brazos y se la mostró para presentársela. La tensión era algo obvia.
Conociendo las pulgas del can, no era para menos. Y he aquí que se obró un raro
prodigio. El chucho, despacio, se acerco a esa pequeña vida que le mostraban,
despacio acercó su hocico para olerla y un segundo después....comenzó a menear
el rabo de alegría y babear de contento.
Increíble.
Nos dejó de piedra. Cuando todos temíamos un signo de rechazo, o al menos, un
gruñido de disgusto, aquel chucho decidió, por si mismo, que aquello es lo
mejor que le había pasado en aquella casa, superando con creces, la estupenda
cocina de mi madre. Y así fue. Esa misma noche, mudo su sueño a los pies de la
cuna de mi hermana y nunca más se separó de ella.
Allá
donde iba la niña, allá que iba el perro. Y pobre de aquel que quisiera
acercarse a ella sin su consentimiento. Un mordisco en el tobillo, es lo menos
que se llevaba. Incluidos nosotros si nos despistábamos. No fuera cosa, quizás,
que olvidáramos las pulgas que se gastaba. Solo en presencia de aquella niña,
mudaba el carácter del perro, hasta el punto, que al crecer, el fue el juguete
favorito de ella. Textualmente. No dejaba de ser admirable, como aquel chucho
de tan mal genio, de dejaba aporrear, patear, arrastrar tirado del rabo y
perrerías por el estilo. Más asombro causó, cuando la niña consiguió no solo
esto de él, si no que, en quietud absoluta, se dejo, vestir primero y maquillar
después, hasta el ridículo. Y acompañarla, disfrazado como a ella le venia en
gana, con gusto, por donde quisiera. Así fuera a pasear por las calles, el
caminaba contento a su lado. Eso si, pobre del descuidado que se le ocurriera
reírse de su aspecto, porque salía escaldado, sin miramiento.
Y
así nos fue en la vida con aquel chucho. Un día, ya mayor, partió de nuestro
lado. Le llamábamos Jumbo, porque era todo orejas. Y era el perro más
cascarrabias y feo del mundo, con toda seguridad. Pero trajo, con su forma de
ser, mucha vida a nuestras vidas. Y fue el mejor amigo que uno podía tener.
Si
no, que le pregunten a mi hermana.”
Esa
es la historia que tus palabras han rescatado de mi memoria. Gracias, amigo
Ari, por ello. Este cuatro patas que ahora me acompaña y yo te agradecemos el
momento vivido con esas palabras.
En
otra ocasión hablaremos de lo que se tercie. Hoy me quedo con haber hablado de
perros contigo. De buenos perros y de mejores compañías.
Un
saludo y que los vientos te sean siempre favorables, amigo.
No puedo evitarlo soy una tierna y es que una lagrimita se me ha escurrido por la cara.
Gracias tete por tan bonito regalo, es un cuento precioso, lástima que no se conserven fotos de ese maravilloso amigo, nos dio tanto...
Besos y hasta pronto...
Jumbo gracias por cuidarla. Ahora estarias orgulloso de ella.
ResponderEliminarGracias Anónimo, no se si orgulloso pero seguro que feliz por el reencuentro.
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