lunes, 29 de abril de 2019

CARTAS AL PADRE


La vida es una caja de sorpresas.




Buenos días padre,

Siguiendo nuestra costumbre, le voy a contar lo que vi el otro día.
Petra iba caminando por la avenida Cortés del Valle, cuando me la crucé toda sonriente y, al encararnos, le pregunté por su familia
¿Sabe padre lo que me contestó? Que su tío Segismundo había muerto en extrañas circunstancias.

Palidecí al igual que usted ahora mismo, enmudecí por varios segundos y cuando logré pronunciar alguna palabra, solo surgió de mi voz un extraño sonido gutural.
Ella tan sonriente y amable, como siempre, se despidió dulcemente e ignoró mi falta de compostura.

¡Ay como la amo! ¡Padre es tán bella y maravillosa! Si supiera la luz que desprende al caminar, si tan solo supiera lo fragante que queda el aire al rozarse con su piel, su sonrosada y tierna juventud...

Discúlpeme padre este lenguaje tan vulgar pero no veo manera alguna de controlar mis instintos cuando se refieren a ella...



Buenas noches padre,

Disculpe que le moleste a horas tan inapropiadas, pero una mala noticia que nos llega directamente al corazón me lleva a compartirla tan apresuradamente como he tenido oportunidad.

Esta mañana mientras desayunaba tranquilamente en el salón, un artículo del periódico llamó mi atención, el titular decía así; “Perro rabioso asesina a su amo”.
Puede parecerle común y sin mayor importancia que la apesadumbrada muerte de un pobre hombre entre las fauces de un cánido, pero si le digo que el finado en cuestión no es otro que Segismundo, el tío de Petra que vivía en el extranjero ¿Como se encuentra usted ahora? Sin palabras imagino.

Le cuento todo esto por el cariño que nos une a la familia, porque donde usted está no llegan los diarios y porque en estos últimos días, he tomado la determinación de pedir en matrimonio a Petra.

Sin más dilación le acompaño la información del diario adjunto a este breve despacho que le haré llegar enseguida por correo urgente y prometo escribirle otro con más calma y mejores pormenores de mi decisión.

Atentamente, su hijo.




Buenas tardes, padre,

Disculpe el retraso, ya que me ha sido imposible dirigirme a usted antes, estas últimas semanas han estado cargadas de tribulaciones que no me han permitido escribirle para contarle las nobles intenciones que anidan en mi corazón.

Le pido paciencia y calma al leer esta carta ya que en ella se encuentran todos los detalles de esos pormenores. Como lo más simple siempre es lo mejor, le continuaré el relato donde lo dejamos la última vez. Si no mal recuerdo, le había avisado de mis intenciones de una propuesta formal de matrimonio para mi querida y amada Petra.
Como sabrá nunca le he escondido mi atracción por tan dichosa joven. Desde niños nos tratamos como hermanos y además usted estará de acuerdo conmigo, que fue gracias a la amistad que ambas familias se profesaban que pudimos hacerlo con total libertad y admiración, eso si, siempre desde el respeto que les debíamos a ustedes y a nosotros mismos.

Pues bien, esa relación se mantuvo fraternal hasta mi vuelta del seminario, cuando al regresar en lugar de una dulce niña encontré una bella mujer. Nunca se lo expresé personalmente ¿por quien me toma? Usted me enseño a comportarme como un hombre honorable y lo que me faltó por su parte me lo enseño la fe y los estudios, así que aunque nunca pude disimularlo del todo, tampoco nunca llegué a confesarle mis verdadero sentimientos. Tampoco me tome por tonto, no lo hice por falta de valor, del que más adelante verá que voy sobrado, no, lo hice por respeto a las familias, a las buenas tradiciones pero sobre todo por juventud, porque a pesar de ser tan maravillosa todos seguíamos viendo en ella a la pequeña que jugaba en nuestro jardín.
Así que hice acopio de paciencia y me prometí esperar el tiempo que fuera necesario hasta verla preparada para tan sagrado paso. Después, usted sabe que las cosas se fueron complicando. Mis estudios, la larga enfermedad de su padre, las manías de su madre que la apartaron de la vida diaria, con lo cual verla comenzó a ser cada vez más difícil; en fin, la vida comenzó a jugar su partida y durante unos años ambos crecimos lejos de la mirada del otro sin que nada pudiese remediarlo. He de confesarle padre que ni en los tiempos más duros, dejé por un momento, de pensar en Petra como la estrella que guiara mi destino.

Así que aquel día, el que me la crucé y balbuceé como un colegial, supe sin lugar a dudas que ese era el momento y no debía de pasar mucho tiempo hasta convertirla en mi esposa. Aquella misma noche tracé un plan: por la mañana después de terminar con mis asuntos rutinarios y con mi mejor traje, compraría un bonito ramo de flores que llevaría a la familia lo antes posible, para hacerle llegar nuestro más sentido pésame a pesar del tiempo transcurrido, por supuesto llevaría preparada una buena disculpa y con todo ya tendría asegurada pasar la tarde en compañía de mi amada, a la que tras varios días de cortejo avisaría de mis intenciones, pidiéndole el permiso pertinente a su señora madre.
Como ve el plan era perfecto y de no haber sucedido lo que aquella tarde sucedió seguramente a día de hoy ya estaríamos celebrando tan bonito día. Y lo que ocurrió padre, fue que al llegar el momento en el que nos quedamos solos a disfrutar de un perfecto té, dispuesto maravillosamente por las manos de mi delicada flor, ella, sin previo aviso vapuleó mi corazón con las peores noticias que escucharían jamas mis oídos. Ella, la mas tierna flor, la mas delicada, mi estrella; estaba prometida con un tal Gálvez, venido de las tierras lejanas en las que había trabajado al servicio de su tío Segismundo.
¡Como lo oye! Allí mismo quede muerto, desplomado, como gallo sin cabeza, sin motivo para la existencia.
La única razón por la que merecía la pena vivir, me la acababan de robar delante de mis narices y no había podido hacer nada para evitarlo. Pero aún tardando un buen rato en recuperar el aliento, me recompuse dentro de mi traje como el caballero que soy y enderezándome en la silla recupere el tono de la conversación dirigiéndola hacia a donde a mi me convenía. A saber: le pedí a mi amada (que aún lo era a pesar de las circunstancias) que me contara toda la historia sin dejarse detalle alguno en el recorrido. Su versión fue la siguiente:
Al morir su padre, la familia quedó desamparada y económicamente en la quiebra, de ahí la decisión de su tío de embarcar hacia tierras más prometedoras. Pasaron muchos meses en los que la pobreza y la ausencia de noticias (y esperanzas) de ultramar dejaron a las féminas en un estado de melancolía perpetua. Su madre cayó en letargo y a ella no le quedó más remedio que entregarse a sus cuidados. La desgracia parecía no tener fin, ya que en ese periodo los acreedores las acosaron con tal malevolencia que se vieron arrojadas a la calle sin más pertenencias que las que cogían en un viejo baúl. Por suerte una vieja amistad las acogió en su hogar sin pedir nada a cambio. La señora Potts, la viuda de la antigua mansión, junto al cruce de la vía, abrió para Petra no solo su casa ni no también su corazón. Como ya sabrá esta señora no tenía familia y en vida del padre siempre tuvieron una generosa y sincera amistad. Por eso la señora Potts las acogió en su hogar convirtiendo a Petra en su protegida. Aquel tiempo fue de luz y felicidad para ella, la señora Potts no escatimó recursos y la rodeó de los más prestigiosos maestros. Estudió arte, literatura, álgebra, historia, ciencia, astronomía, latín, francés, alemán, música y danza. No es que ella fuera tonta antes de esta feliz época, pero ya sabe usted que su padre era poco liberal en ciertas cuestiones hogareñas. Mientras en otros lares, su tío a base de duro trabajo había conseguido labrase un porvenir en aquellas tierras lejanas. Hasta que no consiguió hacerse dueño de unas hectáreas para el cultivo de caña de azúcar y de una discreta hacienda, no les envió una circular dando explicaciones de su paradero y añadiendo una buena cantidad de dinero como adelanto para la manutención de las mujeres. En aquel momento no supieron que hacer con el dinero. La señora Potts lo rechazó, ella era demasiado rica y no lo necesitaba, además de que se sentía muy feliz por tenerlas de compañía. Así que el contable y amigo de la viuda les aconsejó una inversión de poco riesgo para poder contar con las ganancias en el futuro. Continuaron sus vidas cada cual en su lugar y felices por la recuperación, durante ese tiempo la correspondencia fluía sin problemas y siempre las cartas del tío llegaban cargadas de dinero que engordaban la inversión. Al menos hasta la cruel noticia de la muerte del tío, noticia que no pudo llegar de peores manos.
Gálvez era un hombre con poca suerte y poca disciplina pero había llegado casi al mismo tiempo que Segismundo. Al contrario que el tío, Gálvez era vago, cobarde y muy ambicioso por eso nunca cayó bien al antiguo amo de la hacienda y nunca prosperó. Su suerte cambió al conocer a Segismundo que al sentirse identificado con su mala fortuna siempre fue bueno con él y le ayudó a crecer. Así durante mucho tiempo ambos fueron muy amigos y compañeros de las duras tareas en la propiedad.
Un día, compartiendo añoranzas en un bar, Segismundo le contó que en España le esperaban su querida sobrina y la madre de ella, a la que amaba como una hermana y que reuniendo una cantidad suficiente de riqueza para vivir holgadamente los tres, él dejaría aquel país para no volver nunca más.

Yo creo padre, que el tal Gálvez, no debió de sentirse muy bien con la idea del pobre Segismundo, porque siguiendo con la historia de mi bella Petra, este le confesó que no se sabe porque pero la furia de Dios les golpeó hasta dejarlos en la más absoluta miseria y que las últimas monedas que les quedaban fueron para proporcionarle a su tío un entierro católico decente y un billete sencillo para llevarle las malas nuevas, con todo su pesar.
A estas alturas Petra y su madre gozaban de una muy buena calidad de vida y decidieron alquilar un apartamento y acoger en su seno al pobre caído en desgracia. El señor Gálvez, se dejó hacer sin mucha queja y durante semanas disfrutó de los cuidados y la compañía de las señoras. Todo volvió a dar un giro con otra inesperada muerte; la de la señora Potts.
Como recordará era muy querida y todos en el barrio lloraron su muerte y la acompañaron en su último adiós. Quien más lo sintió, como supondrá, fue mi dulce niña que por tercera vez había perdido a una persona muy querida.
Le recuerdo padre, que a pesar de lo largo de este despacho, todo esto sucedió en los últimos meses, es decir que mi rosada flor perdió brillo y color.
A la semana de la despedida, recibieron la visita del contable, que también era albacea de la finada. Se dirigió hasta el apartamento para otorgarle a Petra los poderes como heredera única y legítima de la señora Potts.
Imagínese padre los ojos de gavilán de Gálvez al oír la dichosa noticia. Toda la riqueza de la viuda más rica de la ciudad, en manos de la pobre e indefensa Petra.

La historia de la muchacha hace ya unas líneas que terminó, lo sabrá usted padre, que tampoco no es ningún pichón ¿Entiende usted ahora de donde saco yo mi valor? No es por dinero que no me falta, es por amor, por orgullo y por el honor de mi amada que ese gañan trata de malograr con malas artes.
La madre que nunca fue muy avispada en cuestiones diplomáticas, y que no sirva esta pequeña mención para ofender a nadie, que por todos es bien sabido que su corazón es tan grande como el sol que nos alumbra. Al ofrecerse Gálvez a dirigir la nueva empresa familiar, ella pensando en su bondad y en su anterior entrega para con su cuñado, no dudó un momento y le cedió la mano de su hija en matrimonio y con ella todo cuanto tenían, creyendo que con este paso aseguraba el futuro de ambas y su linaje.

Hasta ahora nada hace presagiar que algo malo se oculte salvo la ambición desmedida del ruin de Gálvez. Pero al leer el artículo que le envié y atar cabos, usted puede comprobar que todo se tiñe de un negro que espanta. Además la pequeña Petra me confesó casi sin voz que ella no es feliz con la idea de casarse con lo que ella tildó de un extraño pasajero.
Esas pocas palabras salidas de su vocecita me insuflaron las últimas gotas del valor que necesité para levantarme raudo del sillón y prometerla que después de resolver el caso de su familia, me casaría con ella con todos los honores, si por supuesto, ella accedía. Y al oír mis palabras se recuperó el tono de sus mejillas, volvió el brillo de sus ojos, sus labios se levantaros en una sonrisa y no pude contenerme más, acaricié sus manos y besé su boca dulcemente.

Y así fue como sellamos nuestro compromiso. Mi siguiente paso fue centrarme en el extraño caso del perro y su amo.
Aunque el suceso no ocurrió aquí, los periódicos se hicieron eco porque la persona, por desgracia, si lo era. Como los datos eran muy escuetos fui directamente a hablar con el periodista. No fue una tarea fácil, bien porque estuvieran atareados con otros asuntos de mayor gravedad o bien porque no soy del gremio, me costó arduo esfuerzo conseguir una cita con el Redactor Jefe. El me contó que el periodista que firmaba el artículo, solo hizo ese trabajo, que la noticia vino de fuera y la transcribieron tal cual, que no esperaban que fuera de tanto interés como para que nadie preguntase por ella. Le contesté que tenía total seguridad de que el protagonista era una persona cercana a mí y que deseaba saber más. Entonces me puso en contacto con su homónimo en el extranjero, de donde provenía la noticia. Este me puso al corriente del caso en largas conversaciones telefónicas, asegurándome que su interés por que llegara a todas partes la noticia, era encontrar a la persona responsable, ya que, en última instancia, había logrado escapar de las autoridades.
Llegué a la conclusión de que las desgracias de Segismundo no eran obra de la casualidad si no de aquel a quien se había confiado como su amigo; el señor Gálvez. No suena muy sorprendente después del rumbo que ha tomado la historia, pero para su mayor interés se la voy a desentrañar toda.

Resulta que Gálvez es un ex convicto que ya de joven tuvo serios problemas con la justicia de su país. Robos, desfalcos y una acusación de homicidio de la que se libró por falta de pruebas. Al huir de su país llegó a encontrarse en la misma hacienda que Segismundo. Como ya le conté al principio, no era del agrado del antiguo propietario pero se las ingenió para que Segismundo le ayudara y le encontrara digno de lástima. Ya sabemos que la familia de Petra, faltando el padre, no tomó muy buenas decisiones en cuanto a futuro se refiere.
La casualidad (y esta es la única que puedo ratificar) fue que el propietario muriera de repente sin familia y que el destino quisiera jugar otra carta. Como ya sabíamos muy perspicaz nunca fue el tío, pero trabajador, honrado y bueno como el sol que nos alumbra. Supongo que por ello fue elegido para heredar la hacienda. Como él tenía grandes planes para hacer resurgir la economía de aquellas tierras, Gálvez le apoyó y trabajó bajo su mando para hacer que aquellas riquezas fueran suyas también.
Además contaba con la ventaja de su juventud. Pensaría que en un futuro no muy lejano el sería el próximo heredero. Al enterarse que Segismundo si tenía familia y operaba con otros planes su mundo se vino abajo y afloró su antiguo Yo y su sed de venganza. Creyó que destrozando los cultivos ganaría tiempo pero, al ver perdidas, Segismundo quiso adelantar su viaje abandonando la finca. El ignorante confesó que ya había ganado lo suficiente como para descansar en su tierra junto a su familia. Así comenzó los preparativos sin comentar nada a su socio. Cuando una noche se despidió diciendo que al día siguiente embarcaría para no volver y que la finca quedaba en manos de una cooperativa, la ira de Gálvez estalló para desgracia del pobre tío. Cogió lo primero que tuvo a mano, se lo clavó y le golpeó tantas veces como su furia descargó. Cuando el miserable se dio cuenta de la gravedad del asunto, asustado, solo se le ocurrió sacar el cuerpo a un camino, amparado por la oscuridad y el silencio. Limpió la escena y pensó en una coartada.
Como Segismundo tenía la costumbre de pasear por la zona después de la cena, a la mañana siguiente, cuando unos trabajadores se encontraron el cuerpo, les dijo a las autoridades que seguramente habrían sido los perros creyéndolo un ladrón. Que no se habían oído ruidos extraños y que de ser así, tampoco los habría oído, ya que la noche anterior se encontraba en el taller arreglando unas herramientas y que le tenía muy advertido del peligro de ir paseando por aquella zona a altas horas de la noche y que eso lo podrían comprobar con el resto de los trabajadores y que se lo habían oído decir mucho. La policía no quedó muy satisfecha pero no encontraron pruebas y dejaron pasar el tiempo.
Gálvez siguió como si nada hubiese cambiado y se apropió del mando de la Hacienda, al menos hasta que llegó el notario para dar cuenta de las últimas voluntades. La Hacienda y las tierras se liberaron y pasaron a manos de la cooperativa indígena, los autos que por lo visto eran varios, se los había vendido a las autoridades a cambio de aligerar ciertos documentos para su vuelta a España. Y algo de dinero que siempre guardaba para imprevistos lo había donado a la iglesia.

Con esto padre, podemos decir que Segismundo no era tan ignorante como pensábamos, ya que a su socio no le dejó nada, con lo cual debemos pensar que el tampoco se fiaba mucho del tipo.
Lleno de rabia Gálvez, pero más comedido esta vez, buscó una solución a su problema. Y una vez más fue en la persona del tío donde la halló. Revolviendo en la habitación encontró el billete de ida a España, dinero de sobras para el viaje, documentación, fotografías y un fajín de cartas que seguramente leyó detenidamente el rufián. Así que con todo, ya tenía plan de huida. Acababa de encontrar una familia de la que seguir viviendo, un país extranjero al que escapar nuevamente y un pequeño tesoro escondido que tendría tiempo de encontrar. Se puso su más tierna máscara y viajo hasta nuestras queridas amigas con la excusa que lo había perdido todo y que lo único que le quedaba era la buena voluntad de llevarles la mala noticia personalmente para que ellas lo sintieran lo menos posible.
Al llegar se dio cuenta de lo fácil que lo tenía para engañar a las mujeres, que desprotegidas, sólo podían dejarse llevar por las buenas intenciones de éste. Durante su estancia sólo demostró cuán caballeroso y educado era. Al no encontrar accesible el dinero no se puso nervioso porque podría sustraerlo con paciencia y artimañas mendigándoselo a la madre pero la muerte de la Sra Potts precipitó sus planes. Ahora si urgía adelantarse y que nadie le usurpara el puesto.

Mientras hilé la historia, me di cuenta de la gravedad del asunto y corrí hasta las autoridades pertinentes para informarles, el muy truhán apareció en la salita en el momento justo en el que Petra le contaba a su madre nuestra conversación. Viéndose descubierto las encerró en la sala y amenazándolas intentó obligarlas a darle todo el dinero de que disponían para escapar. En ese momento llegué golpeando la puerta, ya que mi intuición me decía que algo malo pasaba. Las oí gritar y un ruido estridente hizo elevar mis fuerzas a las de un animal salvaje y pude abrir la puerta de un golpe con el peso de mi cuerpo. Al verse sorprendido por mi proeza sacó un arma de su chaqueta e intentó matarme de un disparo, pero fui más rápido y me lancé hacia él antes de que la bala atravesara mi pecho, con lo que fue a dar en el marco de la puerta. Los ruidos alertaron a los vecinos que llamaron a la policía que rápidamente llego pudiendo detenerlo antes de que la cosa fuera a peor. Lo encerraron en el calabozo desde donde lo embarcarían hacia su país para pagar allí por todos los delitos cometidos.

Habiéndose calmado las señoras les conté toda la historia del tal Gálvez al igual que he hecho con usted y entre lágrimas y con la tensión del momento, dándome ellas las gracias, me vine abajo al suplicar la mano de su hija a la que había estado amando en secreto todos estos años. Petra, con entereza dijo que no hacían faltan más ruegos por algo a lo que accedía tan dichosa, puesto que los últimos años ella había estado preparándose, aguardando el momento en que llegase a proponerlo. Así que entre lágrimas, ya de felicidad, acabamos los tres abrazados y liberando los nervios de las últimas semanas.
Solo puedo afectar que usted padre, y la querida señora Potts, no estuvieran cerca para poder compartir con nosotros aquellos instantes.

Así quedo a la espera de una respuesta suya, dándonos una fecha en la que usted nos acompañe hasta el altar, donde ante los ojos de Dios y los cristianos presentes, sellaremos nuestro amor para siempre.

Su hijo que le espera impaciente.



Amado hijo,

Después de tanta correspondencia parece que pocas noticias nos queden por intercambiar, amén de la fecha en la que por fin y después de tanto trasiego consigas el “Si quiero” tan deseado. Ten el espíritu tranquilo y lleno de amor por tu padre que te quiere y te admira por todo lo bueno en que te has convertido y que de sobras has demostrado.
Hijo, he de hacerte un feo, y no has de tomártelo a mal porque yo también tengo una historia que contarte.

Siendo yo un joven de la edad en la que tu te encuentras me enamoré perdidamente de una bella dama. Pero por circunstancias que no merecen la pena ser nombradas, tu abuelo impidió que nos enlazáramos como marido y mujer. Tuve por mayor desgracia que mi mejor amigo y compañero de escuela se casara con ella, y nos hiciéramos con el tiempo vecinos y que con ello nuestras familias se tratasen como una sola.
Durante los primeros años todo fue tranquilo y bonito, puesto que los matrimonios jóvenes sin preocupaciones que resolver más que asuntos de alcoba, no tienen tiempo para discrepancias vecinales. Pero con el ir y venir de los años, las aguas vuelven a su cauce y los viejos amores se tornan nuevos. Dios es testigo que nunca engañé a tu madre, ni la ofendí pero él se la llevó tan pronto de mi lado que no me lo puso fácil. La madre de Petra se volcó con nosotros a su muerte y yo no pude ver en aquellas acciones más que a la joven entregada de mis primeros años. Y caímos en la tentación. Durante meses burlamos a su marido pero en nuestra conciencia no cabían más mentiras y decidimos confesarle nuestros sentimientos. Por supuesto él montó en cólera, no aceptó nuestra sinceridad, ni creyó nuestro amor. Como castigo, a ella la encerró en su casa y a mi me llevó hasta el Concejo donde no me quedó más redio que aceptar la renuncia y huir con los pocos clientes que me quedaban a otra ciudad antes de terminar con mayor desprestigio y tener que vivir de la caridad.

Este es el motivo y no otro, de los cambios, del oprobio, del destierro, el secreto guardado toda una vida. Todo lo que hice, lo hice por amor. Por amor a ti, a tu madre y a la dama que con tan pocos años abrasó mi corazón.
Yo no lo tuve fácil hijo mio, y no te haré pasar a ti por lo mismo. Si Petra es tu amor, cásate con ella, ámala y se feliz, pero no me pidas que vuelva después de tantos años, ahora que ya mi corazón, cansado de cabalgar y viejo, por fin encuentra reposo en esta prisión.

Disfruta de tu día, de tu vida, que yo esperaré con paciencia a que vengáis a verme, si es lo que deáis y me presentes a mi nueva hija porque a Petra, ya la siento como tal. Solo te pido que cuides de su madre que se lo merece y es muy buena, amala como la tuya propia, porque no tienes otra.

No os olvidéis que aquí espera paciente un viejo corazón.

Vuestro padre que os ama.








Escrita los últimos días de Junio de 2018, mientras velaba el sueño de mi pequeña Celia.

No la he publicado antes porque estuve tentada a auto-publicarla, aunque después de tanto tiempo y de darme cuenta de que este pequeño relato no alcanza ni para un librito os lo presento y sigo el arduo camino del escritor a ver si algún día consigo una gran historia.




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