La
vida es una caja de sorpresas.
Siguiendo
nuestra costumbre, le voy a contar lo que vi el otro día.
Petra
iba caminando por la avenida Cortés del Valle, cuando me la crucé
toda sonriente y, al encararnos, le pregunté por su familia
¿Sabe
padre lo que me contestó? Que su tío Segismundo había muerto en
extrañas circunstancias.
Palidecí
al igual que usted ahora mismo, enmudecí por varios segundos y
cuando logré pronunciar alguna palabra, solo surgió de mi voz un
extraño sonido gutural.
Ella
tan sonriente y amable, como siempre, se despidió dulcemente e
ignoró mi falta de compostura.
¡Ay
como la amo! ¡Padre es tán bella y maravillosa! Si supiera la luz
que desprende al caminar, si tan solo supiera lo fragante que queda
el aire al rozarse con su piel, su sonrosada y tierna juventud...
Discúlpeme
padre este lenguaje tan vulgar pero no veo manera alguna de controlar
mis instintos cuando se refieren a ella...
Buenas
noches padre,
Disculpe
que le moleste a horas tan inapropiadas, pero una mala noticia que
nos llega directamente al corazón me lleva a compartirla tan
apresuradamente como he tenido oportunidad.
Esta
mañana mientras desayunaba tranquilamente en el salón, un artículo
del periódico llamó mi atención, el titular decía así; “Perro
rabioso asesina a su amo”.
Puede
parecerle común y sin mayor importancia que la apesadumbrada muerte
de un pobre hombre entre las fauces de un cánido, pero si le digo
que el finado en cuestión no es otro que Segismundo, el tío de
Petra que vivía en el extranjero ¿Como se encuentra usted ahora?
Sin palabras imagino.
Le
cuento todo esto por el cariño que nos une a la familia, porque
donde usted está no llegan los diarios y porque en estos últimos
días, he tomado la determinación de pedir en matrimonio a Petra.
Sin más
dilación le acompaño la información del diario adjunto a este
breve despacho que le haré llegar enseguida por correo urgente y
prometo escribirle otro con más calma y mejores pormenores de mi
decisión.
Atentamente,
su hijo.
Buenas
tardes, padre,
Disculpe
el retraso, ya que me ha sido imposible dirigirme a usted antes,
estas últimas semanas han estado cargadas de tribulaciones que no me
han permitido escribirle para contarle las nobles intenciones que
anidan en mi corazón.
Le pido
paciencia y calma al leer esta carta ya que en ella se encuentran
todos los detalles de esos pormenores. Como lo más simple siempre es
lo mejor, le continuaré el relato donde lo dejamos la última vez.
Si no mal recuerdo, le había avisado de mis intenciones de una
propuesta formal de matrimonio para mi querida y amada Petra.
Como
sabrá nunca le he escondido mi atracción por tan dichosa joven.
Desde niños nos tratamos como hermanos y además usted estará de
acuerdo conmigo, que fue gracias a la amistad que ambas familias se
profesaban que pudimos hacerlo con total libertad y admiración, eso
si, siempre desde el respeto que les debíamos a ustedes y a nosotros
mismos.
Pues
bien, esa relación se mantuvo fraternal hasta mi vuelta del
seminario, cuando al regresar en lugar de una dulce niña encontré
una bella mujer. Nunca se lo expresé personalmente ¿por quien me
toma? Usted me enseño a comportarme como un hombre honorable y lo
que me faltó por su parte me lo enseño la fe y los estudios, así
que aunque nunca pude disimularlo del todo, tampoco nunca llegué a
confesarle mis verdadero sentimientos. Tampoco me tome por tonto, no
lo hice por falta de valor, del que más adelante verá que voy
sobrado, no, lo hice por respeto a las familias, a las buenas
tradiciones pero sobre todo por juventud, porque a pesar de ser tan
maravillosa todos seguíamos viendo en ella a la pequeña que jugaba
en nuestro jardín.
Así
que hice acopio de paciencia y me prometí esperar el tiempo que
fuera necesario hasta verla preparada para tan sagrado paso. Después,
usted sabe que las cosas se fueron complicando. Mis estudios, la
larga enfermedad de su padre, las manías de su madre que la
apartaron de la vida diaria, con lo cual verla comenzó a ser cada
vez más difícil; en fin, la vida comenzó a jugar su partida y
durante unos años ambos crecimos lejos de la mirada del otro sin que
nada pudiese remediarlo. He de confesarle padre que ni en los tiempos
más duros, dejé por un momento, de pensar en Petra como la estrella
que guiara mi destino.
Así
que aquel día, el que me la crucé y balbuceé como un colegial,
supe sin lugar a dudas que ese era el momento y no debía de pasar
mucho tiempo hasta convertirla en mi esposa. Aquella misma noche
tracé un plan: por la mañana después de terminar con mis asuntos
rutinarios y con mi mejor traje, compraría un bonito ramo de flores
que llevaría a la familia lo antes posible, para hacerle llegar
nuestro más sentido pésame a pesar del tiempo transcurrido, por
supuesto llevaría preparada una buena disculpa y con todo ya tendría
asegurada pasar la tarde en compañía de mi amada, a la que tras
varios días de cortejo avisaría de mis intenciones, pidiéndole el
permiso pertinente a su señora madre.
Como ve
el plan era perfecto y de no haber sucedido lo que aquella tarde
sucedió seguramente a día de hoy ya estaríamos celebrando tan
bonito día. Y lo que ocurrió padre, fue que al llegar el momento en
el que nos quedamos solos a disfrutar de un perfecto té, dispuesto
maravillosamente por las manos de mi delicada flor, ella, sin previo
aviso vapuleó mi corazón con las peores noticias que escucharían
jamas mis oídos. Ella, la mas tierna flor, la mas delicada, mi
estrella; estaba prometida con un tal Gálvez, venido de las tierras
lejanas en las que había trabajado al servicio de su tío
Segismundo.
¡Como
lo oye! Allí mismo quede muerto, desplomado, como gallo sin cabeza,
sin motivo para la existencia.
La
única razón por la que merecía la pena vivir, me la acababan de
robar delante de mis narices y no había podido hacer nada para
evitarlo. Pero aún tardando un buen rato en recuperar el aliento, me
recompuse dentro de mi traje como el caballero que soy y
enderezándome en la silla recupere el tono de la conversación
dirigiéndola hacia a donde a mi me convenía. A saber: le pedí a mi
amada (que aún lo era a pesar de las circunstancias) que me contara
toda la historia sin dejarse detalle alguno en el recorrido. Su
versión fue la siguiente:
Al
morir su padre, la familia quedó desamparada y económicamente en la
quiebra, de ahí la decisión de su tío de embarcar hacia tierras
más prometedoras. Pasaron muchos meses en los que la pobreza y la
ausencia de noticias (y esperanzas) de ultramar dejaron a las féminas
en un estado de melancolía perpetua. Su madre cayó en letargo y a
ella no le quedó más remedio que entregarse a sus cuidados. La
desgracia parecía no tener fin, ya que en ese periodo los acreedores
las acosaron con tal malevolencia que se vieron arrojadas a la calle
sin más pertenencias que las que cogían en un viejo baúl. Por
suerte una vieja amistad las acogió en su hogar sin pedir nada a
cambio. La señora Potts, la viuda de la antigua mansión, junto al
cruce de la vía, abrió para Petra no solo su casa ni no también su
corazón. Como ya sabrá esta señora no tenía familia y en vida del
padre siempre tuvieron una generosa y sincera amistad. Por eso la
señora Potts las acogió en su hogar convirtiendo a Petra en su
protegida. Aquel tiempo fue de luz y felicidad para ella, la señora
Potts no escatimó recursos y la rodeó de los más prestigiosos
maestros. Estudió arte, literatura, álgebra, historia, ciencia,
astronomía, latín, francés, alemán, música y danza. No es que
ella fuera tonta antes de esta feliz época, pero ya sabe usted que
su padre era poco liberal en ciertas cuestiones hogareñas. Mientras
en otros lares, su tío a base de duro trabajo había conseguido
labrase un porvenir en aquellas tierras lejanas. Hasta que no
consiguió hacerse dueño de unas hectáreas para el cultivo de caña
de azúcar y de una discreta hacienda, no les envió una circular
dando explicaciones de su paradero y añadiendo una buena cantidad de
dinero como adelanto para la manutención de las mujeres. En aquel
momento no supieron que hacer con el dinero. La señora Potts lo
rechazó, ella era demasiado rica y no lo necesitaba, además de que
se sentía muy feliz por tenerlas de compañía. Así que el contable
y amigo de la viuda les aconsejó una inversión de poco riesgo para
poder contar con las ganancias en el futuro. Continuaron sus vidas
cada cual en su lugar y felices por la recuperación, durante ese
tiempo la correspondencia fluía sin problemas y siempre las cartas
del tío llegaban cargadas de dinero que engordaban la inversión. Al
menos hasta la cruel noticia de la muerte del tío, noticia que no
pudo llegar de peores manos.
Gálvez
era un hombre con poca suerte y poca disciplina pero había llegado
casi al mismo tiempo que Segismundo. Al contrario que el tío, Gálvez
era vago, cobarde y muy ambicioso por eso nunca cayó bien al antiguo
amo de la hacienda y nunca prosperó. Su suerte cambió al conocer a
Segismundo que al sentirse identificado con su mala fortuna siempre
fue bueno con él y le ayudó a crecer. Así durante mucho tiempo
ambos fueron muy amigos y compañeros de las duras tareas en la
propiedad.
Un día,
compartiendo añoranzas en un bar, Segismundo le contó que en España
le esperaban su querida sobrina y la madre de ella, a la que amaba
como una hermana y que reuniendo una cantidad suficiente de riqueza
para vivir holgadamente los tres, él dejaría aquel país para no
volver nunca más.
Yo creo
padre, que el tal Gálvez, no debió de sentirse muy bien con la idea
del pobre Segismundo, porque siguiendo con la historia de mi bella
Petra, este le confesó que no se sabe porque pero la furia de Dios
les golpeó hasta dejarlos en la más absoluta miseria y que las
últimas monedas que les quedaban fueron para proporcionarle a su tío
un entierro católico decente y un billete sencillo para llevarle las
malas nuevas, con todo su pesar.
A estas
alturas Petra y su madre gozaban de una muy buena calidad de vida y
decidieron alquilar un apartamento y acoger en su seno al pobre caído
en desgracia. El señor Gálvez, se dejó hacer sin mucha queja y
durante semanas disfrutó de los cuidados y la compañía de las
señoras. Todo volvió a dar un giro con otra inesperada muerte; la
de la señora Potts.
Como
recordará era muy querida y todos en el barrio lloraron su muerte y
la acompañaron en su último adiós. Quien más lo sintió, como
supondrá, fue mi dulce niña que por tercera vez había perdido a
una persona muy querida.
Le
recuerdo padre, que a pesar de lo largo de este despacho, todo esto
sucedió en los últimos meses, es decir que mi rosada flor perdió
brillo y color.
A la
semana de la despedida, recibieron la visita del contable, que
también era albacea de la finada. Se dirigió hasta el apartamento
para otorgarle a Petra los poderes como heredera única y legítima
de la señora Potts.
Imagínese
padre los ojos de gavilán de Gálvez al oír la dichosa noticia.
Toda la riqueza de la viuda más rica de la ciudad, en manos de la
pobre e indefensa Petra.
La
historia de la muchacha hace ya unas líneas que terminó, lo sabrá
usted padre, que tampoco no es ningún pichón ¿Entiende usted ahora
de donde saco yo mi valor? No es por dinero que no me falta, es por
amor, por orgullo y por el honor de mi amada que ese gañan trata de
malograr con malas artes.
La
madre que nunca fue muy avispada en cuestiones diplomáticas, y que
no sirva esta pequeña mención para ofender a nadie, que por todos
es bien sabido que su corazón es tan grande como el sol que nos
alumbra. Al ofrecerse Gálvez a dirigir la nueva empresa familiar,
ella pensando en su bondad y en su anterior entrega para con su
cuñado, no dudó un momento y le cedió la mano de su hija en
matrimonio y con ella todo cuanto tenían, creyendo que con este paso
aseguraba el futuro de ambas y su linaje.
Hasta
ahora nada hace presagiar que algo malo se oculte salvo la ambición
desmedida del ruin de Gálvez. Pero al leer el artículo que le envié
y atar cabos, usted puede comprobar que todo se tiñe de un negro que
espanta. Además la pequeña Petra me confesó casi sin voz que ella
no es feliz con la idea de casarse con lo que ella tildó de un
extraño pasajero.
Esas
pocas palabras salidas de su vocecita me insuflaron las últimas
gotas del valor que necesité para levantarme raudo del sillón y
prometerla que después de resolver el caso de su familia, me casaría
con ella con todos los honores, si por supuesto, ella accedía. Y al
oír mis palabras se recuperó el tono de sus mejillas, volvió el
brillo de sus ojos, sus labios se levantaros en una sonrisa y no pude
contenerme más, acaricié sus manos y besé su boca dulcemente.
Y así
fue como sellamos nuestro compromiso. Mi siguiente paso fue centrarme
en el extraño caso del perro y su amo.
Aunque
el suceso no ocurrió aquí, los periódicos se hicieron eco porque
la persona, por desgracia, si lo era. Como los datos eran muy
escuetos fui directamente a hablar con el periodista. No fue una
tarea fácil, bien porque estuvieran atareados con otros asuntos de
mayor gravedad o bien porque no soy del gremio, me costó arduo
esfuerzo conseguir una cita con el Redactor Jefe. El me contó que el
periodista que firmaba el artículo, solo hizo ese trabajo, que la
noticia vino de fuera y la transcribieron tal cual, que no esperaban
que fuera de tanto interés como para que nadie preguntase por ella.
Le contesté que tenía total seguridad de que el protagonista era
una persona cercana a mí y que deseaba saber más. Entonces me puso
en contacto con su homónimo en el extranjero, de donde provenía la
noticia. Este me puso al corriente del caso en largas conversaciones
telefónicas, asegurándome que su interés por que llegara a todas
partes la noticia, era encontrar a la persona responsable, ya que, en
última instancia, había logrado escapar de las autoridades.
Llegué
a la conclusión de que las desgracias de Segismundo no eran obra de
la casualidad si no de aquel a quien se había confiado como su
amigo; el señor Gálvez. No suena muy sorprendente después del
rumbo que ha tomado la historia, pero para su mayor interés se la
voy a desentrañar toda.
Resulta
que Gálvez es un ex convicto que ya de joven tuvo serios problemas
con la justicia de su país. Robos, desfalcos y una acusación de
homicidio de la que se libró por falta de pruebas. Al huir de su
país llegó a encontrarse en la misma hacienda que Segismundo. Como
ya le conté al principio, no era del agrado del antiguo propietario
pero se las ingenió para que Segismundo le ayudara y le encontrara
digno de lástima. Ya sabemos que la familia de Petra, faltando el
padre, no tomó muy buenas decisiones en cuanto a futuro se refiere.
La
casualidad (y esta es la única que puedo ratificar) fue que el
propietario muriera de repente sin familia y que el destino quisiera
jugar otra carta. Como ya sabíamos muy perspicaz nunca fue el tío,
pero trabajador, honrado y bueno como el sol que nos alumbra. Supongo
que por ello fue elegido para heredar la hacienda. Como él tenía
grandes planes para hacer resurgir la economía de aquellas tierras,
Gálvez le apoyó y trabajó bajo su mando para hacer que aquellas
riquezas fueran suyas también.
Además
contaba con la ventaja de su juventud. Pensaría que en un futuro no
muy lejano el sería el próximo heredero. Al enterarse que
Segismundo si tenía familia y operaba con otros planes su mundo se
vino abajo y afloró su antiguo Yo y su sed de venganza. Creyó que
destrozando los cultivos ganaría tiempo pero, al ver perdidas,
Segismundo quiso adelantar su viaje abandonando la finca. El
ignorante confesó que ya había ganado lo suficiente como para
descansar en su tierra junto a su familia. Así comenzó los
preparativos sin comentar nada a su socio. Cuando una noche se
despidió diciendo que al día siguiente embarcaría para no volver y
que la finca quedaba en manos de una cooperativa, la ira de Gálvez
estalló para desgracia del pobre tío. Cogió lo primero que tuvo a
mano, se lo clavó y le golpeó tantas veces como su furia descargó.
Cuando el miserable se dio cuenta de la gravedad del asunto,
asustado, solo se le ocurrió sacar el cuerpo a un camino, amparado
por la oscuridad y el silencio. Limpió la escena y pensó en una
coartada.
Como
Segismundo tenía la costumbre de pasear por la zona después de la
cena, a la mañana siguiente, cuando unos trabajadores se encontraron
el cuerpo, les dijo a las autoridades que seguramente habrían sido
los perros creyéndolo un ladrón. Que no se habían oído ruidos
extraños y que de ser así, tampoco los habría oído, ya que la
noche anterior se encontraba en el taller arreglando unas
herramientas y que le tenía muy advertido del peligro de ir paseando
por aquella zona a altas horas de la noche y que eso lo podrían
comprobar con el resto de los trabajadores y que se lo habían oído
decir mucho. La policía no quedó muy satisfecha pero no encontraron
pruebas y dejaron pasar el tiempo.
Gálvez
siguió como si nada hubiese cambiado y se apropió del mando de la
Hacienda, al menos hasta que llegó el notario para dar cuenta de las
últimas voluntades. La Hacienda y las tierras se liberaron y pasaron
a manos de la cooperativa indígena, los autos que por lo visto eran
varios, se los había vendido a las autoridades a cambio de aligerar
ciertos documentos para su vuelta a España. Y algo de dinero que
siempre guardaba para imprevistos lo había donado a la iglesia.
Con
esto padre, podemos decir que Segismundo no era tan ignorante como
pensábamos, ya que a su socio no le dejó nada, con lo cual debemos
pensar que el tampoco se fiaba mucho del tipo.
Lleno
de rabia Gálvez, pero más comedido esta vez, buscó una solución a
su problema. Y una vez más fue en la persona del tío donde la
halló. Revolviendo en la habitación encontró el billete de ida a
España, dinero de sobras para el viaje, documentación, fotografías
y un fajín de cartas que seguramente leyó detenidamente el rufián.
Así que con todo, ya tenía plan de huida. Acababa de encontrar una
familia de la que seguir viviendo, un país extranjero al que escapar
nuevamente y un pequeño tesoro escondido que tendría tiempo de
encontrar. Se puso su más tierna máscara y viajo hasta nuestras
queridas amigas con la excusa que lo había perdido todo y que lo
único que le quedaba era la buena voluntad de llevarles la mala
noticia personalmente para que ellas lo sintieran lo menos posible.
Al
llegar se dio cuenta de lo fácil que lo tenía para engañar a las
mujeres, que desprotegidas, sólo podían dejarse llevar por las
buenas intenciones de éste. Durante su estancia sólo demostró cuán
caballeroso y educado era. Al no encontrar accesible el dinero no se
puso nervioso porque podría sustraerlo con paciencia y artimañas
mendigándoselo a la madre pero la muerte de la Sra Potts precipitó
sus planes. Ahora si urgía adelantarse y que nadie le usurpara el
puesto.
Mientras
hilé la historia, me di cuenta de la gravedad del asunto y corrí
hasta las autoridades pertinentes para informarles, el muy truhán
apareció en la salita en el momento justo en el que Petra le contaba
a su madre nuestra conversación. Viéndose descubierto las encerró
en la sala y amenazándolas intentó obligarlas a darle todo el
dinero de que disponían para escapar. En ese momento llegué
golpeando la puerta, ya que mi intuición me decía que algo malo
pasaba. Las oí gritar y un ruido estridente hizo elevar mis fuerzas
a las de un animal salvaje y pude abrir la puerta de un golpe con el
peso de mi cuerpo. Al verse sorprendido por mi proeza sacó un arma
de su chaqueta e intentó matarme de un disparo, pero fui más rápido
y me lancé hacia él antes de que la bala atravesara mi pecho, con
lo que fue a dar en el marco de la puerta. Los ruidos alertaron a los
vecinos que llamaron a la policía que rápidamente llego pudiendo
detenerlo antes de que la cosa fuera a peor. Lo encerraron en el
calabozo desde donde lo embarcarían hacia su país para pagar allí
por todos los delitos cometidos.
Habiéndose
calmado las señoras les conté toda la historia del tal Gálvez al
igual que he hecho con usted y entre lágrimas y con la tensión del
momento, dándome ellas las gracias, me vine abajo al suplicar la
mano de su hija a la que había estado amando en secreto todos estos
años. Petra, con entereza dijo que no hacían faltan más ruegos por
algo a lo que accedía tan dichosa, puesto que los últimos años
ella había estado preparándose, aguardando el momento en que
llegase a proponerlo. Así que entre lágrimas, ya de felicidad,
acabamos los tres abrazados y liberando los nervios de las últimas
semanas.
Solo
puedo afectar que usted padre, y la querida señora Potts, no
estuvieran cerca para poder compartir con nosotros aquellos
instantes.
Así
quedo a la espera de una respuesta suya, dándonos una fecha en la
que usted nos acompañe hasta el altar, donde ante los ojos de Dios y
los cristianos presentes, sellaremos nuestro amor para siempre.
Su hijo
que le espera impaciente.
Después
de tanta correspondencia parece que pocas noticias nos queden por
intercambiar, amén de la fecha en la que por fin y después de tanto
trasiego consigas el “Si quiero” tan deseado. Ten el espíritu
tranquilo y lleno de amor por tu padre que te quiere y te admira por
todo lo bueno en que te has convertido y que de sobras has
demostrado.
Hijo,
he de hacerte un feo, y no has de tomártelo a mal porque yo también
tengo una historia que contarte.
Siendo
yo un joven de la edad en la que tu te encuentras me enamoré
perdidamente de una bella dama. Pero por circunstancias que no
merecen la pena ser nombradas, tu abuelo impidió que nos enlazáramos
como marido y mujer. Tuve por mayor desgracia que mi mejor amigo y
compañero de escuela se casara con ella, y nos hiciéramos con el
tiempo vecinos y que con ello nuestras familias se tratasen como una
sola.
Durante
los primeros años todo fue tranquilo y bonito, puesto que los
matrimonios jóvenes sin preocupaciones que resolver más que asuntos
de alcoba, no tienen tiempo para discrepancias vecinales. Pero con el
ir y venir de los años, las aguas vuelven a su cauce y los viejos
amores se tornan nuevos. Dios es testigo que nunca engañé a tu
madre, ni la ofendí pero él se la llevó tan pronto de mi lado que
no me lo puso fácil. La madre de Petra se volcó con nosotros a su
muerte y yo no pude ver en aquellas acciones más que a la joven
entregada de mis primeros años. Y caímos en la tentación. Durante
meses burlamos a su marido pero en nuestra conciencia no cabían más
mentiras y decidimos confesarle nuestros sentimientos. Por supuesto
él montó en cólera, no aceptó nuestra sinceridad, ni creyó
nuestro amor. Como castigo, a ella la encerró en su casa y a mi me
llevó hasta el Concejo donde no me quedó más redio que aceptar la
renuncia y huir con los pocos clientes que me quedaban a otra ciudad
antes de terminar con mayor desprestigio y tener que vivir de la
caridad.
Este es
el motivo y no otro, de los cambios, del oprobio, del destierro, el
secreto guardado toda una vida. Todo lo que hice, lo hice por amor.
Por amor a ti, a tu madre y a la dama que con tan pocos años abrasó
mi corazón.
Yo no
lo tuve fácil hijo mio, y no te haré pasar a ti por lo mismo. Si
Petra es tu amor, cásate con ella, ámala y se feliz, pero no me
pidas que vuelva después de tantos años, ahora que ya mi corazón,
cansado de cabalgar y viejo, por fin encuentra reposo en esta
prisión.
Disfruta
de tu día, de tu vida, que yo esperaré con paciencia a que vengáis
a verme, si es lo que deáis y me presentes a mi nueva hija porque a
Petra, ya la siento como tal. Solo te pido que cuides de su madre que
se lo merece y es muy buena, amala como la tuya propia, porque no
tienes otra.
No os
olvidéis que aquí espera paciente un viejo corazón.
Vuestro
padre que os ama.
Escrita
los últimos días de Junio de 2018, mientras velaba el sueño de mi
pequeña Celia.
No la he publicado antes porque estuve tentada a auto-publicarla, aunque después de tanto tiempo y de darme cuenta de que este pequeño relato no alcanza ni para un librito os lo presento y sigo el arduo camino del escritor a ver si algún día consigo una gran historia.
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