Tras una larga noche de insomnio me dirigí al polígono dónde se situaba la central de la empresa para la que trabajaba, solía desayunar en un bar cercano a la sede, aquella mañana no me encontré con ningún compañero, cosa que agradecí, en cambio cuando terminé de desayunar cogí una revista manchada y medio rota que se encontraba encima de la barra. La abrí al azar por una página cualquiera y comencé a leer:
- Regresa sobre tus pasos. Encuéntrate, vuelve al pasado.
Era el titular de un reportaje en el que se recomienda volver a las raíces para encontrar el camino perdido, ese que pasado un tiempo ya no logras ver. En ese instante cerré los ojos y me vi montada en mi vieja bicicleta roja, cuesta abajo, con unas sandalias medio rotas y un peto azul... de pronto me sentí feliz. Abrí los ojos y me di cuenta de que lo que me hacía falta era abandonarlo todo, regresar al pueblo y reencontrarme. En menos de un minuto había tomado una decisión que llevaba prorrogando años. Me dirigí rápidamente a la calle y corrí hasta la parada más próxima subiéndome en el primer autobús que llevaba al centro. Al llegar a mi parada corrí hacia mi apartamento. Al entrar me abrazó la misma bruma que siempre me inducía a un estado melancólico, pero esta vez reaccioné: abrí las persianas y ventanas inundando de sol y aire primaveral toda la casa. Respirando profundamente este nuevo ambiente me retiré al dormitorio. Media hora después ya me había duchado y preparado la maleta, cuando me disponía a llamar a un taxi el teléfono sonó: era Juan, estaba preocupado porque no me había visto desde la tarde anterior.
- No te vi en la cena ¿Dónde estabas?
-No fui al restaurante, no me encontraba bien y me fui directamente a la cama.
En realidad no sé porque le mentí, no tenía esa necesidad, Juan y yo éramos amigos desde hacía muchos años, pero en aquel momento me pareció lo más cómodo.
-Dile al jefe que necesitaré unos días para recuperarme, creo que es ese virus que corre por ahí.
Juan no me pidió más explicaciones, dijo que pasaría a verme más tarde para traerme un poco de sopa, pero yo había insistido en que no era necesario ya que Berta, mi vecina, cuidaba muy bien de mí. Colgué el teléfono y llamé a un taxi, mientras llegaba cerré las ventanas y saqué la poca comida que había en al nevera llevándosela a Berta junto con la indicación de que no dijera nada a nadie de mi viaje y explicándole que había llamado a la oficina diciendo que estaba enferma, necesitaba que me cubriera las espaldas. Le dejé las llaves de casa y estampé un beso sobre su regordeta mejilla, salí corriendo sin esperar una respuesta. Cuando bajaba las escaleras se asomó por el hueco gritando:
-Niña, dime al menos ¿a dónde vas con tanta prisa?
-Me voy al pueblo.
Grité.
-¡Ya era hora niña, pero llama cuando llegues!
Replicó y esas fueron las últimas palabras que oí, continuaron las voces aunque, seguramente serían las de las mujeres que atropellé al salir del portal. Sin pedir perdón me monté en el taxi que me llevó a la estación dónde cogí un viejo talgo que me llevó de regreso al pasado.
Varias horas más tarde llegué a Granada, una ciudad hermosa y grande que estaba llena de gente. El calor era un reclamo perfecto para los turistas y todo tipo de etnias se mezclaban en sus calles, llevaba años sin pasear por ellas, pero anduve por el mismo camino que entonces me llevaba hasta la estación de autobuses. Todo estaba muy cambiado y aún así todo era reconocible. Al llegar compré un billete de ida y me senté en un banco a esperar, pensé en el último día que estuve allí. Intenté recordar el motivo que me llevó a huir de casa aquel día, pero no pude encontrarlo. Supuse que era el mismo que años más tarde me llevaba de vuelta. Pasaron los minutos y llegó el momento de subir a un flamante y gran autobús, ya no podía echarme atrás, comenzaron los nervios pero pisé fuerte y subí hasta mi asiento al lado de la ventanilla, no quería perderme ni un solo detalle del viaje.
El desplazamiento duró tres horas y ya estaba oscureciendo cuando llegué a mi destino. Bajé sola a aquel lugar que parecía desierto, aunque a lo lejos se observaban algunas luces y el humo de alguna chimenea. Nada parecía haber cambiado. Caminé por el empedrado de la calle que me llevaría a mi destino, cuando lo recorrí la última vez los adoquines estaban nuevos, ahora se veían deslucidos. Mientras caminaba tuve que contener las lágrimas, respiré hondo, cogida la maleta bien fuerte en mi mano me dirigí al que había sido mi hogar en la infancia. A modo de bienvenida las farolas se encendieron. Comencé a darle vueltas a la cabeza: ¿Qué me encontraría? ¿Estaría la puerta cerrada? ¿A quién encontraría dentro? ¿Habría sido buena idea ir sin avisar? y el miedo recorrió mi cuerpo, aún así, seguí caminando hasta llegar a la puerta. Me quedé parada unos instantes observando el patio. La puerta y las rejas eran las mismas pero estaban pintadas de verde y el suelo de cemento era de un color azulado, no quedaba muy bien en conjunto pero estaba lleno de bonitas flores rojas que lo armonizaban. El portón de la entrada era el mismo que hace muchos años cerré con fuerza para nunca regresar, permanecía cerrado, impasible a mi presencia. Las persianas blancas estaban totalmente cerradas y el miedo seguía creciendo en mí, pero comenzaba a refrescar y debía de entrar. Abrí la puerta del patio con mucha delicadeza y la cerré de igual modo. En silencio me acerqué hasta el portón, dejé la maleta en el suelo y con el puño cerrado en alto me detuve a pensar si no sería mejor llamar al timbre del mismo modo que se hace en las ciudades, de un modo distante. Sonó un timbrazo y esperé; enseguida hubo respuesta, se oyó el roce de una silla contra el suelo y una voz femenina cansada al otro lado:
-¿Quién es?, ya va, un momento.
De mi pequeño cuerpo no pudo salir ningún sonido. Bajé la mirada. Una mujer encanecida y arrugada abrió la puerta. Al levantar la cabeza y encontrarme con su mirada rompí a llorar. Ella tampoco pudo sujetar sus lágrimas y sin decir nada nos abrazamos fuertemente. Acto seguido una figura contrahecha y con una gorra en la cabeza se acercó a ver lo que sucedía. Nos miramos, lloramos y nos abrazamos. Este momento fue corto, pero muy intenso y con él liberé el nudo que aprisionaba mi garganta. Nos recuperamos y nos dirigimos al salón a sentarnos. Mi madre no podía dejar de mirarme y mi abuelo aún no había soltado mi mano. Después de unos segundos mi madre consiguió articular unas palabras:
-¿Por qué no has venido antes? ¿Por qué no has llamado? Si lo hubieses hecho habría avisado a tu hermana que ahora está en Almería trabajando.
-No molestes a mi hermana, no hace falta.
-¿Cómo que no moleste a tu hermana? Es tu hermana y debe saber que has venido. Le alegrará muchísimo verte.
-Deja a la niña, acaba de llegar. Déjala que descanse y no la atosigues más. Mañana será otro día y veremos lo que hay que hacer.
Sonreí. La vieja y ronca voz de mi abuelo siempre contenía las palabras necesarias para cada momento, destilaba sabiduría. Mi madre calló, se levantó, fue a la cocina y volvió con algo de cenar para mí. La cena, aunque ligera, me resulto de gran consuelo y acto seguido nos fuimos a la cama. Mi madre me acompañó hasta la que había sido nuestra habitación de niñas y me preparó la cama con una buena manta y unas sabanas blancas y cálidas. Aquella noche dormí sin interrupciones y un dulce sueño me acompañó hasta bien entrada la mañana.
Al día siguiente me esperaba en la mesa un gran desayuno junto a mi abuelo y a mi madre que no paraban de sonreír. Yo también sonreía, me sentía feliz. Con alegría y nerviosismo mi madre comenzó a nombrar a todas las personas que debía saludar y de repente me acordé de Berta. El primer punto del día sería llamarla para que no se preocupara, después, como decía mi abuelo, veremos lo que hay que hacer.
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