Cuando la vi por primera vez me pareció una persona normal, rodeada de tanta gente parecía perdida, sin rumbo. Estaba en la librería del barrio, vaqueros rotos, camiseta de los Ramones y el pelo medio rapado medio teñido, una desviada más. Teníamos aproximadamente la misma edad, por aquel tiempo yo estaba sumida en los exámenes finales de la universidad y ella estaba terminando el grado. No me di cuenta hasta mucho tiempo después, pero incluso en aquel momento tenía una belleza dolorosa, de ojos tristes y actitud meditabunda. Se movía con la misma cadencia con la que cerraba las pestañas, todo en ella tenía ese aire melancólico que desprenden las mujeres que llevan muchas batallas perdidas a su espalda. Me fijé en ella porque a pesar de su aspecto daba la impresión de querer fundirse con las paredes, además llevaba en las manos un ejemplar de Haruki Murakami, el mismo que yo quería. No sé cómo nos hicimos amigas, pero desde aquel día nos volvimos inseparables. Lo compartíamos todo: los libros, la ropa, la música, el pensamiento, incluso formamos un grupo de amigos que en parte eran los suyos y en parte los míos. Como en aquella época yo no tenía mucho dinero ( mis padres hacían enormes esfuerzos para pagarme la uni ) ella que pertenecía a una familia con mejor economía, pagaba muchos de mis gastos y caprichos. Llegamos a tal nivel de confianza que incluso nuestras familias se conocieron eso les hacía sentirse tranquilos cuando salíamos de fiesta. Nos llevábamos tan bien que irnos a vivir juntas al acabar los estudios fue un acto esperado, tan natural como buscar un trabajo. Al principio necesitamos ayuda económica de nuestros padres, sin embargo tuvimos suerte y enseguida encontramos trabajo de nuestras respectivas profesiones. Vivir con ella era maravilloso, nos entendíamos muy bien, coordinábamos nuestros horarios para sacar el máximo partido a nuestro tiempo libre que disfrutábamos casi siempre juntas. Recuerdo que cuando Olivia se levantaba por las mañanas y se dirigía a la cocina para preparar café, la rondaba una especie de bruma que la asemejaba a una aparición. Era difícil describir lo que ella podría sentir, no parecía feliz ni tampoco desgraciada, era esa melancolía que la envolvía lo que la hacía tan especial. Después de algunos años de convivencia, pasó lo que supongo debía de pasar. Un día llegó a casa acompañada por Jorge que la cogía de la mano, parecía feliz, extrañamente feliz. Hablaron mucho, con ansia, nerviosos, del futuro, de planes, querían probar suerte en otra ciudad. Yo no supe reaccionar, supongo que les felicité, no lo recuerdo bien, quizás les desee suerte, el caso es que en pocas semanas Olivia se fue a Londres y algo dentro de mí se rompió. Hasta aquel día yo no me había imaginado la vida sin ella, era como si nunca hubiésemos estado solas, como si fuéramos gemelas. Ella se fue y yo me quedé sola siguiendo el ritmo de las horas.
A pesar de la distancia no dejamos de estar en contacto: mails, wasaps, llamadas y videollamadas a todas horas y todos los días. A pesar de la distancia Olivia no podía pasar sin mis comentarios irónicos y yo no podía vivir sin la armonía de su voz. Es curioso, pero fui enamorándome de Olivia a medida que ella se fue distanciando de mí. No me habría dado cuenta de lo importante que era para mí, hasta que no apareció aquel hombre que se la llevó lejos. Tampoco me habría dado cuenta de mi amor por ella sino me hubiera dicho, a través de una larga llamada, que se casaban. Lloré silenciosamente toda la llamada, quedé paralizada y solo podía responder con monosílabos como una autómata. Después de aquello solo podía recordar sus pequeñas manías y costumbres. La manera en la que se extendía la crema por el cuerpo, su forma de tararear, el movimiento de sus caderas, su voracidad para comer, sus gallos al cantar, la manera en la que lo pellizcaba y lo mordía todo, su escepticismo ante mis discursos sobre el factor solar, su risa, la manera en que se encendía el cigarro, la forma que tenía de saltar de un pie a otro sobre el borde de la acera, sus aires de no me importa. Seguíamos conectadas en la distancia, aún así todo comenzó a transformarse en algo extraño, ella me hablaba de su vida matrimonial, de lo feliz que era y yo me sentía cada vez más recluida en los recuerdos del pasado, enamorándome de una persona que ya no conocía. Cambié. Me volví más irascible, más taciturna, ya no sonreía ni hacía bromas. Esos cambios empezaron a afectar a mi trabajo. Mis padres se preocuparon mucho, me recomendaron que fuera a una profesional. No sabía que me sucedía solo sabía que la echaba de menos. Tuve que tomar la decisión de cambiar mi vida. Pedí en el trabajo un traslado a otra localidad, dejé el piso que habíamos compartido, me dediqué a salir por lugares nuevos: no fue valentía, sino desesperación. Pensé que quizás me encontraría con la Olivia del pasado al volver una esquina. No sucedió. Lo que encontré fue otra forma de llenar su ausencia. Una noche me encontré un local que no había visitado antes, era oscuro pero tenía buena música y me decidí a entrar. Aquel sitio estaba lleno de mujeres, así que enseguida entendí que era uno de esos que llamaban de ambiente, para lesbianas. Antes de que la camarera llegara hasta mí me di la vuelta y tropecé con una figura que obstaculizó mi huida. Carmen era más alta y robusta que yo. Comenzó ha hablarme con la confianza del que te conoce de toda la vida y sin poder evitarlo me quedé con ella toda la noche. Le conté que había entrado allí sin saber muy bien dónde me metía, que no me atraían las mujeres y que a la mañana siguiente tenía que madrugar. Carmen escuchaba mis palabras, pero emitía sus opiniones como si estuviera sola en el local, además era muy persistente. Al cabo de un rato había sucumbido a su magnetismo y acabé contándole lo mucho que significaba para mi Olivia y lo mucho que la echaba en falta. Su sonrisa triunfal lo decía todo, pero yo lo negaba. Lo estuve negando durante meses, cada vez que nos veíamos para tomar café o por las noches en el local o cuando íbamos al bar a jugar al billar en el que Carmen siempre ganaba. Nos hicimos amigas y comencé a sentirme un poco más yo misma.
A los pocos meses, una tarde me presentó a Laura, fue como un flash cegador, alta, delgada, pelo azabache y voz dulce de alondra. Sentí que algo dentro de mí se recomponía. Conectamos rápidamente y pronto comenzamos una relación íntima. Fue la primera mujer de mi vida y sin duda no podría haber tenido mejor maestra, ella había tenido muy claro desde pequeña que solo le atraían las mujeres y tenía bastante experiencia. No solo existía atracción física, conectábamos en muchos aspectos de nuestra vida: intereses comunes, nos movíamos por la misma zona, trabajábamos en el mismo sector, compartíamos ideas, deseos. Durante meses me olvidé de Olivia, viví tan intensamente esta etapa de mi vida que prácticamente me olvidé de todo el dolor y la soledad. Pero Laura no era tan constante como Carmen y quince meses después voló hacia Berlín en busca de nuevas aventuras. Este nuevo vacío me destrozó, pero el haber sentido tanto amor me enseñó a ver el vacío como una oportunidad y no como un abandono. Me prometí a mí misma que pasara lo que pasara no me dejaría arrastrar por la tristeza, mi vida seguiría adelante y no dejaría de buscar el amor. En este tiempo mi relación con Olivia se había enfriado y apenas sabía nada de ella, yo seguía con mi vida y ella con la suya. Un día al abrir el correo electrónico me encontré con un mensaje de Olivia en el que me comunicaba que iba a ser madre. Fue impactante, no me la había imaginado nunca rodeada de niños. Continué con mi vida. Me rodeaba un bonito círculo de amistades, en el trabajo me encontraba muy a gusto y el amor no dejaba de llamar a mi puerta. Se podría decir que era feliz.
Pasaron los años. Una tarde de verano me acerqué a unos grandes almacenes, allí me tropecé con los padres de Olivia. Nos alegramos mucho de vernos y me invitaron a tomar algo. Mientras nos refrescábamos nos pusimos al día de los acontecimientos y me dijeron que Olivia ya tenía tres hijos, estaban muy contentos con su faceta de abuelos, aunque ello significase tener que viajar a menudo. Me alegré por ellos, nos despedimos y terminados los recados volví a casa para refugiarme de la sofocante sensación de calor. Aquella noche me sentía melancólica, aún no había asimilado que Olivia estaba casada ¡y ya tenía tres hijos!. La foto de un anuncio de dentífrico apareció en mi mente: una familia perfectamente sonriente la típica casa blanca con jardín y perro, no le faltaba detalle. Con la borrachera de melancolía y el sofoco decidí que necesitaba un cambio de aires y compré unos billetes de avión, unos días de descanso me vendrían bien. El vuelo fue tranquilo, Las Palmas bullía como solo una ciudad turística en pleno verano sabe hacer. Puede ser que no hubiese elegido el destino más tranquilo, pero seguro que encontraría lugar para la desconexión. El sol, la brisa marina y la cerveza bien fría me mecieron los primeros días. Había entrado en un estado de tranquilidad anestesiada que me hacía feliz y en ese momento Olivia volvió, no conseguía quitarme aquella foto de la cabeza, cerraba los ojos y allí estaba. No podía soportarlo así que llamé a Carmen para consultarle y su respuesta fue contundente: -Debes acostarte con ella solo así la podrás olvidar.- Llevaba años diciéndomelo.- Solamente olvidamos a las personas una vez que la historia con ellas termina, pero tú ¡ni siquiera la has empezado! La arrastrarás toda tu vida sino te enfrentas a ella.- No sabía cómo hacerlo; Olivia ni siquiera sabía que yo ahora era lesbiana, el último novio que me conoció se llamaba Roberto ¿o era Dani?. Lo conocimos en la Fnac cuando fuimos a comprar un disco, ella se empeñó en que me hacía guiños y por no discutir quedé con él para cenar. Era como si le hiciese más ilusión a ella que a mí. Nunca se me dieron bien ese tipo de relaciones, las pocas parejas que tuve fueron más por obligación que por placer y ahora comprendía porqué. No era capaz de saber qué podía hacer o decir para recuperar el contacto con Olivia sin sentirme como una intrusa. Así que, ¿por qué no pensar en lo que yo quería? ¿Cómo veía mi futuro? ¿Viviría toda una vida entre relaciones pasajeras que me transportaran en una montaña rusa emocional constante o debía de buscar una pareja estable, alguien con quien asentar mi inestabilidad emocional aunque no fuera Olivia? Cerrar los ojos y dejarme llevar por la brisa marina, eso era lo único que podía hacer ahora, respirar. El calor del sol en la cara, el aire filtrándose por cada poro de mi piel, así debía de ser el amor. Cálido pero al mismo tiempo fresco que cubriera toda la piel y que me llenara con su presencia el alma. Un amor placentero, tranquilo, pleno y que cale hasta los huesos. Sin fuego arrasador, que se mantenga vivo incluso los días nublados. Como con Olivia antes de que llegara ese Jorge al piso. Debía de llamarla, recuperarla.
Volví a casa con energías renovadas y me puse a llamar a Olivia, el teléfono ya no existía, así que probé con el mail. ¿Qué decir tras años sin hablar, cómo empezar? ¿Cuál era la excusa para la reconexión? ¿Necesitaba una excusa? Yo la quería, la echaba de menos, esa era la excusa. Comencé diciendo que me había tropezado con sus padres, que sentía no haber estado conectada estos años, que la echaba de menos. Lo mandé, no hubo respuesta inmediata, esperé unos días. Seguí con mi vida, siempre alerta, desesperando. Semanas después, en mitad de la Gran Vía y rodeada de un montón de personas la vi. Solo necesité un vistazo para reconocerla. Como la primera vez su cadencia, su melena, su caída de ojos ese gesto de siempre, esa melancolía suya. Es verdad que el tiempo la había cambiado, ya no vestía vaqueros rotos en su lugar llevaba un elegante vestido blanco que estilizaba su figura y sus rasgos se habían endurecido, pero en esencia era ella, la misma de mis recuerdos. En ese instante supe que llevaba toda la vida enamorada. Alrededor de ella pululaban unos chiquillos que no paraban de llamar su atención. Mi emoción se desinfló si estaban los niños también estaría el marido, aún así no podía dejar escapar la oportunidad.
-¿Olivia?
-¿Victoria?
Su sonrisa me devolvió las fuerzas que me faltaban y nos fundimos en un abrazo. Un abrazo de años, de risas atrasadas, de lágrimas derramadas, de palabras silenciadas, un abrazo necesitado, ardiente. Esa tarde nos pusimos al día de lo más importante. Su matrimonio no funcionaba, después de pensarlo mucho pidió el divorcio y con la ayuda de sus padres regresó con los niños a Madrid. En ese momento me sentí culpable, había creído que su vida era perfecta y me había alejado de ella mientras que ella tuvo que luchar en la distancia con un matrimonio que se hundía por momentos sin mi apoyo. Yo le conté cuatro detalles de mis cambios laborales y poco más. Prometí ayudarla a organizar su nueva vida y ambas juramos no volvernos a separar. Durante los meses que siguieron no paraba de imaginarme cómo podría explicarle lo que sentía mi corazón, me quedaba horas sobre la cama divagando. ¿Y si la amara toda la vida, en silencio, en la intimidad de mi cuarto? Evitaría así enfrentarme a un posible rechazo, a que su respuesta me destrozase, una respuesta que imaginaba, pero que no tenía el valor de pedir. Carmen no aguantaba mi indecisión y me lanzaba indirectas constantemente. -Te la llevas a cenar, a solas y en el postre ¡pum! le metes un morreo y le confiesas tu amor. Ella se quedará petrificada, pero tú ya habrás dicho lo que debías y como además ella es educada y te quiere, aunque sea como amiga, no te montará ningún número y seguro que tendréis tiempo de aclararlo tranquilamente. Si sale bien os acostáis y sino yo estaré en el bar esperándote con pañuelos y cerveza.- Así de simple. Hice caso a Carmen, organicé una noche de chicas, pensé en todos los detalles. Le pedí a los abuelos que se hicieran cargo de las criaturas ya que estaba preparando algo especial para Olivia, ellos encantados. Después, para tomar algo de tiempo y llevarnos a la desconexión total de la semana busqué una obra teatral cómica, no me interesaba añadir drama extra a la situación y como colofón busqué un buen restaurante japonés con algún rincón tranquilo en el que poder centrarnos en nosotras. Cuando la parte logística estaba lista me tocó el turno a mí. Peluquería, depilación, cuidado de la piel, uñas y un vestido nuevo, quería que todo fuera perfecto. Estaba física y mentalmente preparada, de esa noche no pasaría, le confesaría mi amor a Olivia. La noche se desarrolló según lo planeado y ambas disfrutamos mucho, estábamos cómodas y felices. El restaurante nos encantó, pero no tuve el valor de plantarle un beso delante de todos, así que le propuse tomarnos la última en mi apartamento. Como en los viejos tiempos al llegar, nos descalzamos, pusimos música y nos recostamos en el sofá. Nos pusimos a recordar batallitas de juventud, reímos y hablamos. La melancolía comenzó a recorrernos y hubo un momento en el que Olivia bajó la cabeza con ese gesto suyo, con esa cadencia que a mí tanto me gusta, dirigí la mano a su mentón y atrayéndola hasta mi boca la besé tierna y dulcemente, mirándola a los ojos, amándola con la fuerza de los años pasados. Ella se dejó llevar, mantuvo mi mirada como esperando recibir algo que llevaba mucho tiempo esperando, nos dejamos llevar por el calor de nuestros cuerpos y culminamos en un abrazo. Sin soltarla, mirándola como nunca antes la había mirado, le abrí mi corazón, le conté lo que había sentido todos esos años, lo destrozada que me había dejado su marcha, su vida lejos de mi. Lágrimas rodaron por su mejilla, sin esfuerzo, sin contención. Ella me confesó que Londres fue una huida hacia delante, que me quería con toda su alma, pero que no entendía aquellos sentimientos, estaba confundida y entonces apareció Jorge con sus promesas de amor y de vida nueva. Me dijo que desde el mismo momento en el que tuvieron que convivir supo que se había equivocado. Muchas veces pensó en volver, pero no quiso defraudar a nadie, no sabía si yo estaría esperándola, ella entendió mis silencios como enfados. Malditas conclusiones que no nos dejan expresarnos con total libertad. Ella en Londres culpándose por mi silencio, yo en Madrid culpándome por no haberle impedido marcharse. Cuántos años perdidos entre suposiciones, indecisiones y convenciones sociales. Pero por fin estábamos juntas, ya no había tabúes. Sonreímos, nos perdonamos, nos volvimos a besar. Me levanté y sin soltarla la llevé a mi habitación. Nos tumbamos. Empecé a besarla, a acariciarla. Ella me quitó el vestido, suavemente. Recorrió mi cuerpo con sus manos, con sus besos, llegó a mi pubis, lo besó, abrió con caricias mis piernas, se acercó a mi vulva y comenzó a darle pequeños besos hasta que se hicieron más grandes, su lengua recorrió todos los rincones de mi anatomía. Besar, lamer, acariciar, morder, mi vagina estaba a su disposición, su inexperiencia me colmó de placer. La quería, me quería y tras años de separación culminamos con una noche de placer infinito. Fue una noche inolvidable: plena, cálida, tranquila como el sol y la brisa del mar. Los días que siguieron fueron días de comentar sentimientos, de acompañarnos, de tomar decisiones sobre un nuevo futuro juntas. La vida no siempre es como la planeamos, en ocasiones perdemos el rumbo y cuesta retomar la dirección, pero a pesar de las dificultades el amor se abre paso, solo es cuestión de persistir.
Aquella noche ocurrió hace ya algunos años y no puedo dejar de emocionarme cada vez que la recuerdo. Tomamos la decisión de continuar con nuestra relación a su ritmo, sin pretensiones ni tensiones. Ella tenía que ocuparse de sus hijos y de resolver su relación con su ex marido. Yo por el contrario no me veía cuidando de los niños. Decidimos que lo que mejor se adaptaba a nuestras circunstancias era compartir todos los momentos que pudiéramos aunque fuera con interferencias. Siempre encontrábamos algún momento para vernos por difícil que fuera, nos queríamos y no dejaríamos que nada volviera a separarnos. Nuestro amor creció con nosotras, con nuestras circunstancias y disfrutamos de unos años maravillosos. Carmen tenía razón, no podía quitarme a Olivia de la cabeza porque nuestra historia no estaba terminada, aún nos faltaba un gran capítulo por vivir. Con el paso de los años vinieron cambios. Olivia aprendió a compartir con Jorge el cuidado de sus hijos, aprendieron a perdonarse y a sincerarse, nuestros padres se hicieron mayores. Yo tuve que aprender a vivir la ausencia de mi padre y a cuidar de mi madre. Al final nosotras también cambiamos y nuestro amor cambió. Fue la vida otra vez la encargada de llevarnos a lugares distintos. Tras muchos felices años de relación, fui yo quien puso punto final a nuestra historia. La cogí entre mis manos y con el mismo amor que la besé la primera vez la miré a los ojos y le dije que pese a que la quería con toda mi alma era incapaz de continuar con nuestra relación. Ella lo aceptó con cariño. Prometimos no dejar de ser amigas, ni dejar que la distancia nos separase. Cuando sus hijos se hicieron mayores regresaron a Londres y ella que ya no tenía a sus padres no quiso dejarlos solos. Seguimos en contacto. Jamás podré olvidarla, una parte de mi corazón está en Londres. Madrid sigue igual de ruidoso, yo sigo a mi ritmo: trabajo, amigas, amores pasajeros, el local, bares y volver a casa temprano porque ya no vivo sola. Al final la vida no se reducía solo a dos opciones, la vida me enseñó que hay múltiples caminos y que el importante es el que vives ahora, se puede decir que he alcanzado mi equilibrio emocional. Cuido de mi madre que está mayor, nos acompañan un par de gatos y el amor de Olivia que nunca me abandona.
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