Es una lástima pero no he podido encontrar
ninguna imagen para mostraros la bella estampa de la que vengo a hablaros.
Imaginaos una playa limpia y de arena fina, un
horizonte infinito donde cielo y mar se funden en un color azul celeste con
nubes de algodón. En el limite entre la arena y el agua nos encontramos
conchas, piedrecillas limadas y si escarbamos un poco pechinas, una delicia al
paladar.
Ahora transportaos en el tiempo, unos 20 años
atrás. A esos años en los que la perversión aun no había corroído nuestras
almas. En aquellos tiempos la educación obligatoria se llamaba EGB. Voy a
hablaros de algo que sucedió en aquel ultimo curso, en 8º.
Estudié en un colegio público, y a pesar de lo
que podáis pensar, era un buen colegio, uno de barrio, el de mi barrio: Vista
Alegre, precioso nombre que compartían barrio y colegio. Además yo no habría
sido mejor estudiante de haberlo hecho en otro lugar.
El caso es que en aquel lugar y momento
debieron de combinarse dos estrellas muy buenas porque a alguien se le ocurrió
la genialidad de llevarnos durante un trimestre a practicar vela. Si como oís,
no eran muchas las excursiones, ni las fiestas pero de las pocas cosas
agradables que nos dieron quizás esa fue la mejor.
Todos los viernes por la mañana durante unos
meses nos desplazaban al club náutico nos prestaban un traje de neopreno (por
cierto que a mi me toco el que tenia el culo roto) y nos montábamos en un
velero mientras escuchábamos atentos las explicaciones de los entregados
monitores. Fue muy emocionante y divertido, algo maravilloso disfrutar del
paisaje y de la suave brisa. Poco más puedo contaros de aquella experiencia ya
que la memoria no me alcanza pero la imagen que retengo y de la que quiero
hablaros es de un día, del único día que no pudimos navegar.
Esa mañana se presentaba algo confusa en
cuanto al tiempo y a pesar de que nos preparamos para salir tuvimos que dejarlo
todo rápidamente. Comenzó a llover. Despacio, pero con ritmo: gotas bien
separadas unas de otras pero seguidas.
Y mientras mis compañeros corrían despavoridos
a cubierto yo los seguía muy despacito sin dejar de observar maravillada la
imagen que se abría ante mi.
Jamás había visto llover sobre el agua, me
pareció algo fascinante, agua sobre agua.
Aquellas gotas dibujaban círculos a su alrededor
y gracias a ese ritmo del que os hablaba no se estorbaban unas a otras sino que
se acompañaban, como en un baile cadencioso, no hizo falta ni música para
acompañarlas.
Recuerdo que a alguien mas le pareció bonito
pero yo estaba tan absorta y entregada a guardar aquel recuerdo que no percibí
mas que el eco sordo a mi alrededor de los que allí estaban.
Fue un día mágico, un regalo del cielo. Algo
triste y melancólico pero precioso.
No he vuelto a ver llover en el mar, pero ese
recuerdo me acompañara siempre.
Espero que ahora que lo he compartido con vosotros tengáis esa oportunidad
y la aprovechéis, disfrutadla y guardarla o compartirla según os venga porque
algo tan bonito debería de estar al alcance de todo el mundo.
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