Estas semanas están siendo difíciles, mas que difíciles
estresantes.
Todo se complica: mucho por hacer, mucho que pensar, mas que
desear y poco tiempo para nada.
En especial el viernes y es que hay días en los que no se
puede seguir el ritmo, que lo único que pide nuestro cuerpo es un retiro, un
descanso. Un lugar en el que escondernos y alejarnos del ruido, de los
problemas, de todo.
Coger a mi perra y llevármela de paseo sin rumbo, caminando
entre árboles, pisando la tierra, estando en contacto con la naturaleza,
olvidarnos del reloj y del camino.
Ese sosiego, esa paz es lo que he echado de menos mas que
nunca.
Y es en esos momentos en los que sin querer me acuerdo de un
lugar que no aparece en los mapas: Bácor. Un pueblo de Granada de unos 500
habitantes mas unas cuantas ovejas. Éste es el lugar donde nació y creció mi
padre, también fue el elegido para verlo morir, pero a pesar de que siempre me
gusto su naturaleza renegué de él.
Y como son las cosas, que al crecer (han pasado muuuuchos
años desde que viví allí) todo se vuelve de otro color. Digamos que las canas
nos han teñido también los pensamientos.
Ahora me acuerdo de aquellos paisajes lunares, de su
tranquilidad y de su frescura con añoranza, casi con deseo.
Hace unos años en un viaje relámpago pase por allí solo unas
horas y me pareció abandonado y triste. Me dio la impresión de que la crisis le
había afectado gravemente y de que se estaba haciendo viejo a pasos agigantados
(como si alguna vez hubiera sido joven!!)
El
caso y volviendo al tema que nos ha traído hoy aquí, es que a veces en esos
días infernales, me encantaría desaparecer en uno de esos rincones abandonados
(aunque sea en el desgastado Bácor), sin reloj y sin obligaciones para así
poder recuperar la cordura y respirando profundamente coger fuerzas para los días
venideros. Respirar...
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