viernes, 26 de agosto de 2022

VACACIONES 2022

 Este verano la gran mayoría nos hemos volcado, como locos, en una carrera sin freno por viajar. Las vacaciones se han convertido en el mayor deseo. Dos años de arresto domiciliario han contribuido a esta desesperación colectiva por evadirse del hogar, aunque sea por un corto espacio de tiempo. Si además, es la primera vez que tienes un mes completo, la ansiedad por el disfrute es mayor. Y este ha sido mi caso. 

Mis expectativas este año no podían ser mejores, pero conforme se acercaba la tan ansiada fecha las circunstancias evolucionaban desfavorablemente. A pesar de todo y aunque me hubiese gustado vivir alguna experiencia extraordinaria en otra ciudad, me considero una afortunada al poder gozar de este tiempo cobrando un sueldo. No puedo decir que haya desaprovechado el tiempo. Para placer de mis sentidos, además de las pequeñas salidas ocasionales, pude premiarme con una estancia corta pero intensa en la ciudad de Valencia. Dos días y una noche que fueron muy agradables. El plan era educativo, familiar y a pesar de no alcanzar ningún logro extraordinario, lo pasamos genial. Disfrutamos conociendo los animales del Oceanográfico, exploramos el cuerpo humano en el Museo de la Ciencia, paseamos por amplias calles, descubrimos, para ilusión de mi hija, el metro (ya solo le quedan por probar el tren, el barco y el avión), hicimos cientos de fotos y nos pusimos como focas comiendo. En definitiva un derroche de energía y dinero; en este punto he de pararme para hacer un inciso.

Todos somos conscientes de que el capitalismo nos ha enseñado que gastando dinero, mucho, podemos tenerlo todo e incluso alcanzar la felicidad. Como buenos hijos obedecemos las órdenes sin discusión y más en ciertos momentos. No podemos culpabilizarnos por ello continuamente, vivimos en una sociedad muy estructurada y salirse de lo marcado no es fácil, ni agradable, además tener hijos lo complica aún más. El sistema está preparado para que los niñ@s sirvan de anzuelos y los padres muchas veces no tenemos fuerzas para oponernos a sus deseos y terminamos pagando, callando y generando así una mejor presión de las cadenas que nos atan a este circuito sin fin. Las vacaciones son la mejor muestra de ello, nos dejamos caer en el engaño, lo aceptamos, no luchamos contra ello y nos sentimos orgullosos partícipes del sistema, incluso yo que presumo de ser una rebelde. Pero todo, incluso esto debería de tener un límite y lo que os vengo a contar hoy es más una denuncia, que el resultado de nuestras vacaciones.

 A todas nos ocurre (por lo relatado anteriormente) que en ciertos momentos nos da por permitirnos ciertos lujos, como por ejemplo: ir ligera de equipaje y decidir comer en ese lugar que sin ser glamuroso solo por el simple hecho de ser, ya sabes de antemano, que te va a costar un riñón hacer la digestión. Un capricho lo tiene cualquiera y si en vacaciones no te lo puedes permitir es que no son vacaciones. Pues como iba diciendo, me encontraba con mi familia en el Museo de las Ciencias, cuando ya pasadas las 14AM y después de dar varias vueltas necesitábamos urgentemente repostar. Decidimos acercarnos hasta el restaurante que tienen allí: buen menú y el precio parecía razonable, pero cerraban a las 15AM y no pudimos entrar. Así que no nos quedó más remedio que acercarnos a la cafetería que está justo al lado del restaurante (que pertenece a la misma empresa). Esto nos disgustó, pero aún fue peor al descubrir que había una larga cola antes de que nos pudieran atender y que la única opción culinaria que ofrecían eran bocadillos a elegir entre tres sabores, medios bocadillos de dos sabores, sándwiches y una triste ensalada. Resignadas esperamos pacientes nuestro turno y cuando nos tocó pedir descubrimos que el único bocadillo de atún que quedaba había sido vendido, con lo cual nuestras opciones de comer saludable se habían reducido casi en su totalidad, por no hablar del berrinche que pilló mi hija, a la que no le apetecía otra cosa mas que aquel bocadillo. Solo pude tranquilizarla con una mini bolsa de Pandilla Cheetos y el helado. Mientras disfrutábamos del banquete, fui analizando tristemente la situación en la que miles de personas nos veíamos inmersas. Los bocadillos (bacon y queso) a pesar de haber sido calentados estaban insípidos quizá debido a la falta de ingredientes (apenas una loncha de cada uno) es decir una buena parte del bocadillo era solo pan. Del sándwich, he de decir que fue la mejor opción, ya que no eran ingredientes lo que le faltaban sino más bien al contrario, le sobraba pan. Estaba hecho con esas rebanadas gruesas que lo resisten todo y a pesar de lo bueno que estaba se hacía pesado y tuve que dejar un trozo en el plato. Lo más degradante fue el precio. Nos salió todo por unos 40€ sin ser sabroso o variado y a pesar de salir de la misma cocina que la comida del restaurante. Resulta decepcionante, asimismo hay que sumarle el sobresfuerzo de los trabajadores que nos atendieron. Ellos estaban agotados, famélicos e ignoramos sus condiciones laborales. 

El colmo de los colmos es que estábamos dentro del Museo que es PÚBLICO. A veces se nos olvida el verdadero valor de esta palabra:

  1. 3.
    Que está a disposición de cualquier ciudadano, sin necesidad de cumplir requisitos especiales.
    "parque público"
  2. 4.
    Que pertenece al estado o a su administración o se relaciona con ellos.
    "colegio público"
  3. 5.
    Que afecta a los ciudadanos.
    "el ministro calificó los incidentes de «pequeños problemas de orden público»"

Aunque la definición sea un tanto escueta, creo que todos entendemos que los bienes públicos han sido construidos con el dinero de todos, en un lugar de la misma condición, es decir público, que son mantenidos con el dinero de todos y que deberíamos disfrutarlos todos sin que nos saqueen cada vez que decidimos usarlos, os recuerdo que la entrada a estos lugares no es precisamente barata. Además, esta Ciudad de las Artes y las Ciencias se construyó para orgullo de Valencia y de toda España, para enaltecimiento de la cultura y situar a esta ciudad en el centro de todas las miradas internacionales, es un reflejo de nuestra sociedad, abierta, comprometida, cultural, nuestra tarjeta de visita. ¿Qué es lo que se le ofrece a todos los millones de personas que diariamente pasan por allí? La peor comida de toda España. Precisamente nosotros que cultivamos y exportamos los mejores ingredientes a todo el mundo: las mejores verduras, los mejores embutidos y quesos, la famosísima dieta mediterránea (la mejor valorada por especialistas de la salud) quedan ninguneadas por una gestión que intuyo privada y que deja mucho que desear pero que no deja nada sin cobrar. Que conste que me refiero solo al Museo ya que en el Oceanográfico las alternativas son más variadas y de mejor precio.

Hablemos del agua: el negocio del siglo, otro tema lacerante que sí comparten todos los edificios de esta gran ciudad de las Artes y Ciencias. Botellines en máquinas expendedoras junto a otras de refrescos en cada zona o planta, al alcance de la mano de cualquier cliente sediento que tenga tres euros en su haber, tres euros por cada unidad y que no carga más de 50cl, así que no puedes pasar toda la mañana y mucho menos el día entero sin varias de estas, con su consiguiente cuota de plásticos y gasto energético, que no se nos olvide que estamos en pleno plan de ahorro. Todo un abuso que el planeta no puede permitirse. Con lo fácil y asequible que sería instalar unas fuentes repartidas por diferentes puntos y así poder recargar nuestras botellas reutilizables las veces que fueran necesarias, olvidándonos de trucos absurdos: como instalar otras máquinas (que son un negocio para otras empresas y que también consumen energía) encargadas de premiar el reciclaje de algunas botellas (no todas las consumidas) otorgando unas monedas (específicas, no euros) canjeables en el mismo centro.

Cerraré este discurso exponiendo mi indignación y consecuente decepción por pertenecer a un país que mira para otro lado mientras las administraciones encargadas de estas gestiones solo buscan llenarse los bolsillos, situación que se repite en casi todos los centros multitudinarios (similar experiencia tuve hace unos años en el Museo del Prado) y que a cambio infravaloran a sus ciudadanos, sus recursos y cualquier muestra de virtuosismo y originalidad intelectual.
A pesar de todas estas inconveniencias visitar esta maravilla arquitectónica (la Ciudad de las Artes y las Ciencias) y la bonita y gran ciudad que es Valencia es un placer para los sentidos, no podemos, ni debemos permitir que nos roben este disfrute, así que regocijaros, eso sí tomando medidas preventivas como, por ejemplo: preparando una buena cesta de picnic para disfrutar de los jardines exteriores y de su clima agradable.







 

1 comentario:

  1. Todo es un negocio y es lamentable porque por mucho empeño que le ponga una, consiguen darte un pellizco en lo que debería ser la alegre experiencia del ocio. Un abrazo. Carmen García.

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