domingo, 18 de febrero de 2024

HISTORIA INACABADA

I

 En la oscuridad de la noche, a través de una vieja ventana podemos ver a una familia humilde sentados alrededor de la mesa.

En la cabecera: un hombre cansado, manos fuertes y callosas por el trabajo, al lado dos hijos callados y atentos, por último una mujer hacendosa, a la que no se le escapa un solo detalle, sirviendo la mesa. La comida aunque sencilla es suficiente para alimentar sus cuerpos, el fuego del hogar calienta la casa como cada noche y los pocos muebles acompañan la melancolía que se respira.

De cara a la galería esta es una estampa común, una familia más. El matrimonio formado por Luisa y Manuel es un ejemplo para el pueblo, forman una honrada y buena familia. Él trabaja sin descanso desde el anochecer hasta medio día, se gana la vida pescando en la bahía. Ella abnegada ama de casa cuida de todo y de todos. Nunca se han escuchado quejas, ni gritos en la casa y a pesar de lo poco que tienen nunca les ha faltado lo necesario para vivir, son queridos por todos en el pueblo.

Pocas son las palabras que resuenan en las paredes, menos aún las risas y los cantos, se podría decir que no son felices. El espectador podría deducir que el paso del tiempo y las fatigas diarias han hecho mella en el carácter de nuestros personajes, pero a aquellos más atentos no se les habrá escapado la tristeza de sus miradas: el vacío en los ojos de él, las lágrimas enquistadas en los de ella, la resignación en la de los pequeños, la vejez en los rostros de los padres, a pesar de que aún no han cruzado el ecuador de sus vidas, el pesado caminar de sus pasos y sobre todo el inútil intento de escapar de la mirada del otro. Los hijos que los conocen de ese modo desde siempre, no saben el motivo que los mantiene equidistantes. Nunca les ha faltado el amor de ninguno de ellos, disfrutan de su cariño a lo largo del día y al caer la noche cuando ambos progenitores comparten la misma estancia se convierten en estatuas mudas y es el silencio el que remplaza a cualquier otro sentimiento. Quizás en los pocos momentos en que ambos: hombre y mujer, cruzan sus miradas recuerden años pasados, años en los que ambos fueron felices, incluso aquel en el que tanto se amaron, ya que aunque no podemos saberlo con certeza creemos leerlo en los ojos de ella pues llegado este instante no puede sujetar más las lágrimas y se le resbalan por las mejillas. Rápidamente, con un movimiento aprendido por la costumbre, se levanta de la mesa y manda a los niños a la cama. Ellos aliviados se refugian en su habitación. Mientras la madre castiga su pena con las tareas del hogar, el marido que nunca ha podido soportar su inmutabilidad, ni sus lágrimas desaparece en la oscuridad de la noche sin hacer el menor ruido. Debemos suponer que eligió el penoso trabajo de pescador para no perturbar el descanso de ella, aunque los más pensarán que fue por tener la huida más fácil; en cualquier caso, ambos velan el sueño del otro en la distancia.

Qué fue lo que sucedió en el pasado es algo que el lector debe deducir tras escuchar la narración de lo que estos ojos pudieron ver.

II

Su actitud serena siempre le pareció a él desconcertante. La veía inmutable, sin un signo de malestar, respiración normal, gestos suaves y todo en su conjunto le irritaban más a él, pero no pudiendo reprocharle sus formas, a él solo le quedaba una salida: marcharse. Si en aquella ocasión hubiesen estado en alguna habitación, la puerta hubiese servido de desahogo a su rencor y la casa habría tenido que aguantar el terremoto de su ira, pero en aquella pequeña playa rocosa enmarcada por acantilados solo el sonido de sus pasos dejaron constancia de su enfado. Aquella cala se convirtió, sin querer, para ella en un refugio, para él en un espacio protegido al que no debía acceder. 

III

Luisa era una niña alegre que había crecido al cuidado de sus cuatro hermanas mayores, que le habían prodigado cariños que en otra familia no hubiese obtenido, probablemente debido a ello Luisa había crecido con una imaginación desbordante. El matrimonio formado por sus padres estuvo siempre muy unido y siempre amaron a sus hijas por encima de todo. Fue a la escuela hasta cumplir los trece ya que al provenir de una familia humilde pronto tubo que ponerse a trabajar, pero era tan risueña y aplicada que siempre estuvo bien acogida por las familias a las que sirvió y no padeció sufrimientos ni abusos por parte de sus empleadores. Su aspecto afable siempre le granjeó buenas amistades y llegada su pubertad nunca le faltaron los admiradores.

Por contra Manuel no fue un niño querido. Él también creció en una familia humilde siendo el sexto hijo de ocho hermanos, pero sus padres no eran cariñosos, ni afables. La relación con sus hermanos tampoco era buena, ya que, en aquella casa cada cual debía de proveerse de los recursos necesarios para salir adelante, debido a ello, el carácter de los hermanos era agresivo para con el resto. Esta situación tan poco agradable generó que Manuel acabase viajando hasta la casa de unos tíos para poder salir adelante. En casa de sus tíos tampoco recibió muchas muestras de cariño, pero si conoció el respeto convirtiéndose en un hombre fuerte y trabajador querido por los vecinos.

Ocurrió en este lugar que ambos se conocieron. Manuel era varios años mayor que Luisa, pero al ver que su persona llamaba tanto la atención de los demás se decidió a hablarle una noche de verbena y así empezaron una amistad que iría transformándose en algo más. A Luisa le gustaba la seguridad que Manuel le transmitía y aunque sabía que no era tan cariñoso como ella pensaba que lo que a ella le sobraba, a él le bastaría para cubrir su falta. A Manuel le parecía que la alegría que ella ponía en cada paso hacía que la vida fuera más dócil. Ambos compartieron veladas y paseos que siempre terminaban en la bahía, no hablaban mucho, tampoco se tocaban, ya que él era muy respetuoso con las normas de la época y los pocos besos castos que le dio ,como despedida, no pasaron de la mejilla. Todo era de lo más conveniente y formal.

La vida continuaba sin sobresaltos con ritmo suave. 

Un día Manuel le explicó a Luisa que probaría suerte en un nuevo oficio, con un nuevo patrón que le  prometía buenas ganancias y esa promesa añadía estabilidad a un futuro incierto que querían edificar juntos. A Luisa le dio miedo que se hiciera a la mar, pero poco podía hacer por cambiar una decisión que ya estaba tomada. Varios meses se separarían sus vidas.

Durante el tiempo que Manuel estuvo fuera, la vida de Luisa siguió su curso y el hueco que había dejado su amado lo cubrieron las hermanas y las amigas que siempre estaban cerca.

III

Llegada la primavera, Luisa encontró una nueva familia a la que servir, prometían un buen sueldo a cambio de unas buenas manos para la colada. Luisa no lo pensó dos veces y tan risueña como siempre se ocupó de que las ropas de la rica familia luciesen las más blancas y brillantes. En aquella casa no faltaban sirvientes y todo el que quiso trabajo lo encontró allí, así que, cada día Luisa subía hasta la casa, que estaba en lo alto de uno de los acantilados, acompañada de varias muchachas y muchachos del pueblo. María la más joven cuidaba de un par de revoltosos, Dolores ayudaba en la cocina, Salvadora limpiaba la casa, Antonio se encargaba de las cuadras y Esteban ayudaba en lo que se requería, además de cuidar del jardín. Al ser todos de la misma quinta se conocían bien y aprovechaban sus ratos libres en la plaza del pueblo dónde por las noches una pequeña banda tocaba a la puerta del bar. Los más jóvenes aprovechaban para bailar y reír. Una de aquellas noches Esteban le pidió a Luisa un baile. Después de varios bailes, Luisa le pidió tomar un poco de aire y se encaminaron hacia la bahía. Se les veía muy cómodos y felices, parecían una joven pareja de enamorados. Bajo las estrellas compartían sueños, sus manos entrelazadas, sus cabezas juntas. La luna, única testigo de sus palabras.

Al día siguiente todo seguía con la rutina diaria. A Esteban no le volvieron a ver. Luisa no sabía dónde estaba, ni la oyeron pronunciar su nombre. 

Llegó el verano y con él Manuel. Volvía contento y corrió ver a Luisa para darle las buenas noticias. Ella le recibió con júbilo. Ya podían comenzar a forjar su futuro juntos. Ambos habían ahorrado y comenzaron a buscar un hogar donde establecerse. Lo encontraron rápidamente y Luisa se estableció en él para acomodarlo mientras Manuel volvía a la mar. Cada noche Luisa se acercaba hasta la bahía para pasear bajo la luna, lo hacía sola ensimismada en sus pensamientos. Una noche de verbena sus hermanas la convencieron para que las acompañara al baile. La noche comenzó como un baile más. Un desconocido se acercó a Luisa y amablemente le pidió un baile que ella le concedió. Tras varios bailes Luisa le pidió tomar un poco de aire y el desconocido la acompañó a la bahía. No hubo palabras, pero aquel desconocido que la agarraba por la cintura se acercó tanto a su cara que el beso fue inevitable. Aquella noche la luna no fue la única testigo. Manuel había llegado tarde para el baile, pero no para ver la escena. Su cuerpo le pedía usar la fuerza, defender su territorio, pero ver la complicidad de Luisa le dejó desamparado y se fue tal y como había venido. Luisa dejó de besar al desconocido y sin mediar palabra se volvió a casa. No fue hasta el medio día siguiente que Manuel se decidió a pedirle explicaciones a Luisa. La encontró en el jardín tendiendo la ropa recién lavada. Esta vez no hubo júbilo en su reencuentro, apenas unas palabras de recibimiento por parte de ella, de Manuel solo silencio. La cogió del brazo y se la llevó hasta la bahía, ella desconcertada no entendía su comportamiento, él lleno de rabia y de miedo comenzó a acusarla y a increparla por su comportamiento. Ella sin entender porque la trataba de aquel modo se quedó muda, triste y decidió buscar apoyo en el único lugar que siempre la recibía comprensiva: el mar. Para él su reacción fue la confirmación de los hechos. Quiso abofetearla, castigarla por tal ofensa, pero no pudo hacerla daño, simplemente se fue.

IV

¡Quién sabe qué habita en lo profundo del corazón de una joven tan llena de vida como Luisa! ¡Quién sabe qué habita en lo profundo del corazón dolido de un hombre como Manuel!

Un día sin decir nada a sus familias, un caluroso treinta de agosto para ser más precisos, se pusieron sus mejores galas y dirigiéndose a la capilla del pueblo se casaron en la más absoluta intimidad. Sus vidas continuaron como cada día, con el tiempo tuvieron dos hijos y cada noche repiten la misma escena.

¿Por qué lo hicieron? ¿Cuál fue la razón que les llevó a continuar juntos? Esta es la cuestión que ustedes deben resolver, yo solamente les puedo mostrar los hechos. Y ahora si me lo permiten, vamos a cerrar esta contraventana para dejar a la familia descansar.


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